¿Cambio de ciclo o elecciones de segundo orden?

 

Pablo Oñate

Un buen número de los análisis preliminares de los resultados de las elecciones al Parlamento Europeo coincide en señalar un cambio de ciclo electoral en España: el PP ha logrado, por fin, superar en votos y escaños al PSOE, en lo que perciben evidencia suficiente de que le hoy le ganaría en unas elecciones generales. Desde ese convencimiento, los líderes del PP exigen del presidente Zapatero que se someta a una moción de confianza en el Congreso de los Diputados.
Ese supuesto cambio de ciclo se sustenta en la alternancia en la victoria, en votos y escaños, a favor del PP; en que el PSOE pierde porcentaje de voto en todas las comunidades autónomas; en la notable ventaja lograda por el PP, pese a todo, en la Comunitat Valenciana y en Madrid; o la soledad del PSOE en el Congreso de los Diputados. Todos estos datos apuntarían a un cambio de ciclo electoral, teniendo ahora el PP a su alcance la victoria en unas elecciones generales y, así, el Gobierno.
Pese a que todos esos datos son ciertos, acaso sean insuficientes para poder hablar de un cambio de ciclo electoral en nuestro país, si por tal entendemos una modificación de las pautas del comportamiento electoral de los ciudadanos, que llevaría a una reconfiguración sustancial de la distribución del voto a los partidos y, así, del sistema de partidos resultante. Pese a lo incontestable de la victoria electoral del PP en estas elecciones europeas, los resultados electorales siguen moviéndose en el estrecho margen característico del ciclo electoral en el que estamos instalados desde los comicios de 1993 (exceptúese la elección del 2000). No sería desatinado recurrir a la acertada calificación de dulce derrota para referirnos a los resultados de la elección para el PSOE: pese la gravedad de la crisis económica y de los niveles del paro en España, cuestión que era la que más preocupaba a los ciudadanos en la campaña electoral, la distancia en votos y escaños con el PP es relativamente reducida y sigue ubicándose, prácticamente, en esa horquilla que en los sondeos merecía la etiqueta de empate técnico.
Pero, además, estos análisis que anuncian un cambio de ciclo electoral olvidan que lo que se han celebrado el día 7 de junio han sido unas elecciones al Parlamento Europeo. Y que este tipo de convocatoria tiene —lo estamos comprobando desde hace varios lustros— unas dinámicas específicas y peculiares, que permiten calificarlas en toda Europa como elecciones de segundo orden (Hermann Schmitt), en atención a la menor importancia que parecen concederles los ciudadanos en comparación con la de las elecciones generales o legislativas. Los ciudadanos entienden que en las elecciones al Parlamento Europeo hay menos en juego que en las generales y que son una ocasión de bajo coste para manifestar su descontento con los partidos del Gobierno, para votar con el corazón en vez de con la cabeza.
Las reiteradas consecuencias de ese carácter de elección de segundo orden son: 1) se incrementan significativamente las tasas de abstención en comparación con las alcanzadas en las elecciones generales precedentes: en España, en este caso, en 28 puntos porcentuales; 2) el partido en el Gobierno pierde, logrando peores resultados que los de las elecciones de primer orden inmediatamente anteriores: en este caso, 5,4 puntos porcentuales; 3) los partidos grandes suman menos porcentaje de voto: la concentración se ha reducido en 3 puntos porcentuales en estas elecciones respecto de las generales de 2008; 4) los pequeños partidos cosechan mejores resultados: ha sido paradigmático el caso de UPyD; 5) de forma correlativa, aumenta el índice del número efectivo de partidos respecto del registrado en los comicios de primer orden anteriores: en las europeas ha alcanzado el 3,0, mientras que en las generales de 2008 fue de 2,81.
Por supuesto, que se den estas peculiaridades específicas de las elecciones de segundo orden no implica la imposibilidad de que en las próximas elecciones generales se produzca una alternancia en el Gobierno estatal. Que ésta ocurra es algo propio y saludable de los sistemas democráticos. No obstante, convendría tener en cuenta estas pautas que sistemáticamente se dan en las elecciones al Parlamento Europeo, tanto en España como en otros países de nuestro entorno, antes de diagnosticar, en función de esta evidencia, un cambio de ciclo electoral.
Catedrático de ciencia política y de la administración. Universitat de València

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