No recuerdo cuánto tiempo hace que no rezo esos bellos poemas que el creyente católico musita para dirigirse a su Dios. Tanto tiempo hace que hoy soy incapaz de seguir, al pie de la letra, el hermoso Padrenuestro, al que sé que le cambiaron algunos versos. Todo lo que se dice en esa oración, o casi todo, puedo asumirlo sin que mi conciencia se sienta traicionada. Tengo claro que una cosa son las creencias y los creyentes, las herramientas de los ritos religiosos, y otra muy distinta el uso que las jerarquías clericales hacen de la fe del rebaño. La segunda temporada de La señora, que emite La 1, ha vuelto con un brío magistral. Es una putada comprobar cómo hemos cambiado de la noche a la mañana en algunos aspectos, y al mismo tiempo cómo, con más o menos descaro, la oligarquía no se resigna. En la de la serie, don Enrique, el cura, Pedro Miguel Martínez, es el ejemplo.
Personifica la parte sucia de la religión. Es un artefacto perfecto de hipocresía. Tiene un hijo secreto, Ángel, Rodolfo Sancho, obligado por él a ser cura por orden del marqués Gonzalo de Castro, el siempre eficaz Roberto Enríquez, que puso el ojo en Victoria, Adriana Ugarte, rica heredera de un emporio metalúrgico y enamorada hasta de la tonsura del padre Ángel. Victoria y Ángel tienen otras ideas, y se ven a escondidas, y están en el lado de los que sufren, de los trabajadores. Pero don Enrique es harina de otro costal. Es un clérigo que se entiende con el poder, y que recrimina las veleidades sociales de los sermones de Ángel porque, dice, un cura no está para hacer política. Justo lo contrario de lo que él hace. Corpus Cristi, le dice el padre Ángel a Victoria dándole la comunión en misa. Esta tarde nos vemos, murmura ella citándolo. Pues nada, amén.