Noemí Leticia, 18 años bien puestos, que se ha hecho famosa en el mundo por el cariño que le profesa Silvio Berlusconi, llegó el domingo a votar en un espléndido Mercedes al colegio milanés de Portici. El presidente de la mesa electoral, quizá arrebatado por aquella aparición, pero en todo caso defensor celoso de la intimidad que Noemí comparte con el primer ministro de su nación, decidió cerrar las puertas de la sala para que la criatura votara sola, acompañada únicamente de sus papás. Después, Noemí salió escoltada por la policía y tuvo que aguantar que algunos ciudadanos impertinentes clamaran por la vergüenza a gritos y la llamaran sólo privilegiada, aunque a saber si era otra palabra la que se les pasó por la cabeza. Se trataba de una escenificación más, quizá anecdótica, de la peligrosa degradación institucional que vive Italia, pero aquellos ciudadanos que reclamaban vergüenza ante Noemí quizá formaran parte de la minoría que lee los periódicos que a Berlusconi no le gustan. Y a Berlusconi no le gusta nada la prensa que no silencia sus fechorías, aunque no se sabe bien por qué le da al tiempo tanta importancia si tan convencido está de que nadie la lee.
Pero, a juzgar por los resultados electorales del domingo, tal vez tenga razón. Si la televisión bajo su dominio trabaja únicamente a su favor y sus electores no leen, hay un número suficiente de votantes desinformados que le votan, es decir, que votan al desmán y la corrupción sin saberlo. Aquí, en España, podría haberse dado una caso similar en la Comunitat Valenciana si los valencianos sólo vieran Camps Nou TV, que no es un canal privado, sino un canal público para uso privado, pero en Castelló, por ejemplo, no faltan medios a sus habitantes, lean o no prensa, para saber del interés de los tribunales por las cuentas corrientes del presidente de su Diputación, Carlos Fabra, y si han votado mayoritariamente el domingo a Mayor Oreja es porque conocen bien a Fabra. Menos mal que Fabra nos lo ha aclarado: «La gente no es tonta». Berlusconi está convencido de lo mismo.
Y aparte. Jaime Mayor Oreja sí que está convencido de que los resultados del domingo no constituyen un apoyo mayoritario a la corrupción, lo cual para cualquier persona decente, incluso no demócrata, es un alivio. Pero si así lo ve Jaime Mayor es porque algunos otros ven como presuntos corruptos justo a los mártires de la honradez y a los espejos de la decencia. Y está claro para Mayor que la sangre del martirio de esos inocentes es la semilla fecunda del voto a favor de la justicia que ha llevado al PP a su gloriosa resurrección. Este clamor popular por la santidad de los perseguidos por su fe —santo, súbito— es lo que ha llevado a Mayor Oreja a bucear en el proceso de canonización de Francisco Camps y compañeros mártires frente a los infieles que han querido demonizarlos.
Cualquiera que pueda bucear en el sumario abierto en los juzgados — un sumario colmado de delicias angelicales— para investigar la santidad de los perseguidos, y pueda entregarse así a las divinas palabras de las conversaciones grabadas y de las declaraciones efectuadas ante el juez, llegará a la misma conclusión que Mayor Oreja: Camps es el santo entre los santos. Y tiene derecho entonces a pensar que, como dice Fabra, los votantes son muy listos, incluso demasiado listos. Y , a pesar de la censura de Camps Nou TV, no tan mal informados sobre las vidas ejemplares de san Carlos Fabra y san Paco Camps. Y eso es lo que los lleva al voto devoto.