Con los langostinos y la ñora como reclamos, me acerco otra vez al extremo sur, a Guardamar, que vigila no sólo la corriente exangüe de un Segura amortizado, sino que es la última almena, un poco desmochada, de la nostra llengua a las puertas de Murcia. Me encanta Guardamar, conserva un poco del Perelló de mi infancia, pero en mucho más cosmopolita. En sus extraordinarias dunas se hicieron ermitaños un grupo de guerreros musulmanes y plantaron tenderetes, a rebosar de chucherías, los fenicios. Sus pequeños hoteles se defienden, pero la construcción está parada.
Guardamar tiene una joven alcaldesa socialista, Marylene Albentosa. Su imagen junto a la de la diputada popular de turismo, Gema Amor, en la cena inaugural, es todo un símbolo del poder y las indudables capacidades de la segunda generación democrática: nombres de mujer. Mientras trasegamos de pie los tentempiés que nos han preparado Rafa Morales y Raül Aleixandre, la mar abierta tiene, entre dos luces, un color lechoso como de océano sobrenatural y un poco vikingo. Empieza a lloviznar. Las leyendas locales cuentan que, desde que se construyó la Torre dels Americans
–una inmensa antena de comunicaciones de la OTAN que levantaron albañiles mohawk insensibles al vértigo–, que no llueve. En todos los pueblos hay puentes que construyó el diablo en una sola noche o torres de Babel que desafiaron al cielo.
El maestro de ceremonias de todo este tinglado (que se volverá mayúsculo con la muy lujosa presentación en Alicante de Lo mejor de la gastronomía de García Santos) es Joan Carles Martí, un hombre para todo que nació, como la alcaldesa, en el sur de Francia, que sueña en francés y jura en inglés australiano. Su padre, albañil, decidió perderse toda una semana entre los nativos de Nueva Guinea y regresó vivo. Dice Joan Carles: «El meu país és on puc dir ?vull coca? i no em tanquen en la presó.» Me fijo en una tienda de lencería: El Corte Chino.