Aunque resulta arriesgado hacer extrapolaciones de los resultados de unas elecciones de segundo orden como las europeas del pasado 7 de junio a los hipotéticos resultados de unas próximas elecciones generales de primer orden, como nos recordaba el profesor Pablo Oñate recientemente en estas mismas páginas, no por ello conviene relativizar los resultados electorales que se han obtenido en el ámbito valenciano.
Porque si bien es cierto que en el primer caso no resulta aconsejable recrearse en la idea de cambio de ciclo, ocurre justo lo contrario en el ámbito local valenciano, ya que en este caso sí cabe hablar de reforzamiento del ciclo iniciado por el PP en las elecciones de 1991. Desde entonces, diecisiete triunfos electorales consecutivos de los populares entre comicios locales, autonómicos, generales y europeos, que se han materializado en estas últimas elecciones del 7 J en casi 15 puntos porcentuales de ventaja sobre los socialistas —en la ciudad de Valencia la distancia entre ambas formaciones todavía ha sido mayor, 19 puntos—, dificultan, cuando no imposibilitan, que en alguna elección próxima se pueda materializar el principio básico que subyace en el proceso democrático que no es otro que el de la sustituibilidad.
Un principio que permite sustituir a todo partido político en el poder cuando no ofrece soluciones a los problemas sociales más preocupantes, y los ciudadanos dejan de votarlo mayoritariamente. En ese momento, en las sociedades con sistemas democráticos bien consolidados y fundamentados, el sistema electoral vigente ha de permitir que otro partido político, respaldado por una nueva mayoría de votos, asuma el poder y trate de encontrar soluciones a tales problemas. Pero no parece que en la Comunitat Valenciana existan las condiciones mínimas para que se produzca tal sustitución en un horizonte electoral próximo, porque da la impresión de que el nuevo valencianismo que se ha ido instalando cada vez con más convencimiento en el PPCV, basado en principios de nacionalismo incluyente —sentirse tan valencianos como españoles— antes que excluyentes —sentirse sólo o principalmente valencianos o españoles—, así como en sentimientos identitarios apegados a las tradiciones más genuinas y locales, sin olvidar el orgullo de lo propio (la mejor tierra del mundo, el mejor arroz, el mejor clima, las mejores fiestas…), compiten con ventaja desde su pragmatismo y sencillez con el romanticismo estetizante, libertario, aventurero, fantasioso y especulativo del nacionalismo más o menos radical de los partidos de izquierda valencianos, desde el PSPV a EU, pasando por el Bloc y otros grupos de izquierdas minoritarios, que de forma más o menos explícita, estetizante o militante, cultivan, respetan o no niegan el paradigma mitológico de los Países Catalanes.
Y es que el romanticismo, como nos recuerda en su último ensayo el filósofo alemán Safranski titulado precisamente Romanticismo, debe alimentar los diferentes ámbitos de la cultura innovadora, pero no resulta conveniente en absoluto para la política, que debería guiarse por el principio de evitar el dolor y la crueldad, buscando en todo momento el bienestar general y cultivando el arte del compromiso. Cualidades estas últimas difíciles de reconocer en casi todo el ámbito de la izquierda valenciana, especialmente cuando llega el momento de formular políticas electorales con sentido de la realidad social a la que se dirigen.
Política y romanticismo, nos recuerda Safranski, conviene que permanezcan separadas porque surge el peligro de que en lo político se persiga una aventura, o de que se pida a la cultura idéntica utilidad social que a la política. Mientras no tengan más claro los partidos valencianos de izquierda cómo separar un ámbito de otro, va a resultar cada vez más difícil el cambio de ciclo electoral con o sin el concurso de escándalos, corruptelas y otras pandemias endémicas de la vida política valenciana y española.
Catedrático de Sociología. Universitat de València.