El bodeguero Álvaro Palacios, que pasó por Valencia, habla como un predicador y lo hace como quien está convencido de merecer atención. Cada mes, por unas cosas u otras, he de oír a media docena de cantamañanas que barbotean una jerga de mineralidades y retrogustos a los que suelo despachar con un bostezo a la totalidad. Con Álvaro hice una excepción. Este tipo de patillas afinadas y aún así castizas tiene pasión y temperamento. Al entrar en el comedor privado ya advertí que entonaba muy bien una cantinela aflamencada y tal vez fue producto de los nueve vinos, nueve, que catamos por partida doble, pero creí oírle que se había embarcado en alguna tienta con fieros morlacos a celebrar en algún momento de los próximos días.
Después de atenderle largas explicaciones sin llegar a aburrirme (excepto al principio porque aún no lo había pillado), me dije que ya tenía titular: Álvaro es un torero del vino que tuvo la suerte de no matarse en su Pozoblanco que fueron el Priorat, donde se instaló cuando casi nadie lo hacía, y el Bierzo, donde es muy fácil descalabrarse por las pendientes de Corullón. A este señor, que nació rico y con un papá vinatero instalado en La Rioja (donde él mismo sigue teniendo la mayor de sus fincas), no le asustan los repechos ni la soledad del hereje (etiqueta un priorat con unas flores livianas y femeninas) ni tener que manejar quinientas parcelas de tres denominaciones, cada una de un padre y sometida a una técnica de cultivo, incluidas las mulas y el busilis de la biodinámica.
El orador en sus vinos se reconoció nacionalista telúrico, a lo Azorín, pero en más hombre. Cree en la comunión con el paisaje, el cúmulo de las técnicas incluidas las espirituales, la superior cultura de la agricultura y la vida perdurable de los grandes vinos hechos con varietales propios. «Al principio —dijo—, yo también planté merlot y cabernet. Por acomplejada: como todas», añade cambiando burlonamente el género.