¡Todos con Trichet! Abaratemos el despido y moderemos los salarios, como decía Miguel Ángel Fernández Ordóñez. Todos con nuestros gobernadores de bancos que velan por nuestro bien y columbran el futuro, no como los que no ven más allá de fin de mes ni contemplan más allá de la hipoteca.
Detrás del horizonte de la crisis hay un nuevo paisaje. En él, las clases medias son los yanomami de un capitalismo de otro tiempo. Los yanomami son los indígenas que habitan la Amazonia brasileña, ocupando unas tierras llenas de árboles que deberían ser talados para el desarrollo. Su mentalidad primitiva les impide explotar los minerales porque están bajo tierra, así que les van soltando garimpeiros, esos desesperados mineros del oro que nos enseñó Sebastiao Salgado en su severo blanco y negro. Los yanomami perdieron el 20% de su población en los ochenta por mero contacto con virus que a nosotros nos hacen atchís o poco más, aunque, cuando se inauguró el famoseo solidario en ampliación de la caridad de la marquesa, su líder anduvo de paseo por el mundo con Sting y no le pasó nada.
Sólo los yanomami del capitalismo —las clases medias— quieren sostener el paisaje. Creen que los trabajadores de Ford van a comprar los coches de Ford. Pues no. Los coches son mal negocio. Lo que hay que hacer es competitivos yates para El Pocero. La gran construcción pide al Estado obras caras y obreros baratos. Los magnates del lujo, que manejan grandes márgenes de beneficio, entran en el negocio de la alimentación, de la primera necesidad: piel o pan. Lo del medio no importa. «Póngame trabajadores baratos y para la señora, un bolso caro.»
Produzcamos en China para acabar vendiendo a chinos. Allí estarán las nuevas clases medias, exiguas en porcentaje pero enormes en cantidad. Aquí que no sobren tres euros para un periódico y un café. Seiscientos euros y tartera.