Esto es un circo», proclamó el miércoles pasado Mariano Rajoy ante Rodríguez Zapatero. Se refería a que el presidente decide a mediodía subir los impuestos a los ricos y cambia de opinión a media tarde. Un prestidigitador, el mago que se saca los conejos de la chistera y los hace desaparecer a capricho. Pero la vicepresidenta Fernández de la Vega tuvo que recordarle al PP en el Parlamento en qué consiste la oposición y en qué el gobierno por si intentan gobernar, imponiendo sus criterios, sin haber ganado antes unas elecciones.
El PP cree que haber ganado las europeas le da derecho a cambiar los papeles, a hacerse el domador bajo la lona. Caso similar es el del gobernador del Banco de España, que ha vuelto a insistir en estos días en la reforma del mercado laboral y el presidente del gobierno le ha tenido que indicar que «zapatero a tu zapato» pero en este caso el zapatero era el gobernador.
Y no sé si porque el presidente recela que el gobernador no está contento con su cargo, y quiere otro, el suyo, ha tenido que recordarle que una cosa es gobernar el banco y otra presidir el gobierno. Lo cierto es que la derecha cree que Miguel Ángel Fernández Ordóñez se gana su sueldo y el presidente del gobierno, no. No hay constancia de que el gobernador sea un hombre de derechas, pero gusta más a la derecha que a la izquierda. Los sindicatos creen que se pasa en su papel y lo acusan de exceso de protagonismo.
Más ingredientes para el espectáculo. Si es tarea propia del señor gobernador decir lo que hay que hacer en tiempo de crisis, no hay duda de que se gana su sueldo. Es más: insiste tanto y con tanta frecuencia en lo mismo que habría que pagarle horas extras o un plus de celo. Esto es, efectivamente, un circo, pero el presidente le ha espetado a Rajoy que él es capaz de hacer la crónica del espectáculo, ridiculizando a los demás, y sin embargo no aporta una sola idea, está inédito. Otro que, al parecer de Zapatero al menos, no se gana el sueldo. ¿Rajoy, vago? No lo sé. Lo que preocupa a los que en estos días pasan por la ventanilla de Hacienda, insisto, es cuánto nos cuesta mantener a las fieras del circo y quién las doma. Los payasos, que los hay, dan más motivos para el llanto que para la risa. Esto es un circo, sí. Pero, por ahora, se tiene la impresión de que, dada su calidad, no es precisamente el Cirque du Soleil.
Y aparte. En Francia y en Italia por ejemplo, son más frecuentes que en España los premios específicos para escritores de literaturas foráneas. Por eso, que el premio Príncipe de Asturias descubra o recuerde la existencia de escritores extranjeros estimables llena un vacío en el catálogo de premios, institucionales o no, de nuestro país, salva a este galardón de coincidencias con el Cervantes, que tuvo tantas, y le hace cumplir una función divulgadora. El miércoles pasado descubrió a muchos lectores españoles el nombre de Ismail Kadaré, un gran escritor albanés, sencillo y original al tiempo y, tan de nuestro tiempo, que lo viejo, muy helénico él, se hace en su obra nuevo y cercano. Está publicado en España por Alianza y por Siruela, lo ha traducido al castellano Ramón Sánchez Lizarralde, que es un buen traductor, sin duda, pero también un minucioso recreador del universo poético de Kadaré, pero muchos no tenían de él la más mínima noticia. Si de algo sirven los premios, además de para gratificar legítimamente a los autores, es para lograr que sean leídos.