Entre los confortables clise?s del debate poli?tico —«la izquierda es ma?s abstencionista que la derecha», «un Obama se fabrica»—, el ma?s insidioso de los u?ltimos tiempos garantiza que «la corrupcio?n no se paga en las elecciones». Quienes pregonan la impunidad se limitan a equivocarse de precio en el supuesto ma?s inocente, porque en la hipo?tesis ma?s sinuosa abonan la tolerancia hacia los comportamientos delictivos que comparten los partidos hegemo?nicos espan?oles. Por remitirse al ejemplo ma?s pro?ximo, un pai?s con cuatro millones de parados ha castigado con benevolencia a su Gobierno en unas elecciones europeas. La oposicio?n, con brotes corruptos en su cu?pula y que aspiraba a un margen victorioso del diez por ciento, lo ha visto encogido a menos de la mitad. Pese a la evidencia nume?rica, nadie ha concluido que niveles de desempleo al borde de la cata?strofe tengan una nula repercusio?n en las urnas, sino que se han mantenido en el to?pico «la corrupcio?n no se paga».
Los acontecimientos histo?ricos se desencadenan tras un período de incubacio?n. Ni el muro de Berli?n cae repentinamente en 1989, ni las revueltas irani?es nacen con las elecciones del pasado doce de junio. El intelectual de moda Malcolm Gladwell describe esa coccio?n en La clave del e?xito. La gota que colma el vaso es el tipping point, pero ese punto de inversio?n no llega siempre al ritmo desbocado que reclama Leire Paji?n o el ciclo informativo de 24 horas para el caso Correa. Los defensores de la corrupcio?n gratuita esgrimen los resultados electorales en las comunidades valenciana o madrilen?a, para sustentar su escepticismo. Olvidan curiosamente que, en la semana previa a las europeas, avanzaban con presciencia que Berlusconi arrasari?a en Italia pese a —o gracias a— sus devaneos poli?ticosexuales. A la hora del recuento, el primer ministro italiano que aspiraba al 45% se empantano? en el 35, ha renunciado ya a la presidencia de Italia y su erosio?n se ha precipitado con un ve?rtigo que puede dejar caduco este arti?culo antes de su impresio?n. Esta segunda evidencia nume?rica tampoco disuadio? a los entusiastas de que «la corrupcio?n no se paga». Se limitaron a excluir el caso italiano de su argumentario inapelable. El Reino Unido tampoco les sirve, por ide?nticos motivos.
La corrupcio?n se paga. El narcotraficante Pablo Escobar hubiera ganado las elecciones en Medelli?n, pero sus cri?menes podi?an tener un rechazo a distancia. El descubrimiento de una trama corrupta en Madrid influye en las urnas de otra comunidad, por el mismo efecto de fluidez de los sufragios que convierte a las autonomi?as monolingu?es en graneros de voto para el partido de Rosa Di?ez, sin que los oprimidos por la presunta discriminacio?n del castellano en regiones bilingu?es le otorguen sus sufragios. Tambie?n el PP esperaba compensar su «Espan?a se rompe» —en alusio?n inmediata a Catalun?a y Euskadi— en circunscripciones ajenas a las mencionadas. El corolario nos muestra a un Camps so?lido en su feudo, pero que ha hundido su proyeccio?n estatal por culpa de un pun?ado de trajes. El precio puede ser barato, pero no hay gratuidad. La ruinosa estrategia disen?ada por Federico Trillo le demostrara? al PP que la corrupcio?n se paga, si no procede a soltar lastre para disminuir los dan?os. Ahora bien, por i?ntimas que sean las vinculaciones entre la trama de Correa y la Generalitat Valenciana, no resolvera?n milagrosamente los problemas de los socialistas en esa comunidad. Tampoco la erosio?n de Esperanza Aguirre reanimara? automa?ticamente a los socialistas madrilen?os y sus laberi?nticas taifas. Con todo, Rajoy se halla maniatado, un jefe de la oposicio?n que no efectu?a ni una sola comparecencia en la que pueda verse sometido a preguntas. Su respaldo a presuntos corruptos le perseguira? con independencia de su futuro poli?tico. El PSOE es muy duen?o de pensar que la insensibilidad de la ciudadani?a ante la corrupcio?n justifica los resultados electorales, con mayor eficacia que su pe?sima seleccio?n de portavoces. En 2004, con Estados Unidos enfangado en la guerra de Iraq y la inoperancia de la Casa Blanca al descubierto, los demo?cratas promovieron a un candidato tan inapropiado como John Kerry. Su triste figura hizo preferibles los desastres de Bush. Sin embargo, no es descabellado afirmar que los republicanos han sido laminados por hechos —peor que corruptos— registrados seis an?os antes. El vuelco ocurrio?, con notable retraso, en cuanto sus rivales los encontraron. La corrupcio?n se paga