Es seguro que el miembro de la ejecutiva del PNV que, en declaraciones recientes a un periódico nacional sostuvo que es mejor que las viudas no hablen, lo diría con un gesto muy ecuánime. Es lo que tiene la derecha civilizada de la democracia cristiana cuando, en vez de aplaudir a los próceres que alquilan señoritas para que adornen las fiestas, analiza el dolor ajeno. Al estilo del de las viudas. Dolida como tenía que estar la del inspector Puelles, mostró una entereza que asombra a propios y extraños. Pero no tanta, según se ve, como para que los ejecutivos peneuvistas le concedan la palabra.
¿A qué viene que el prócer silencio avise o amenace miedo? ¿Será que a la viuda de Puelles no le correspondía vela en el entierro de su propio marido? ¿Tan tremendo fue que llamase asesinos a quienes asesinaron al policía? Pero no; lo peor es que sostuviese lo que tantos piensan: que en el caso de los crímenes de ETA hay que dejarse de literaturas —las de los delitos políticos— y aplicar el código penal, sin más. Una tesis inadmisible, repugnante para los vascos por naturaleza que no son, por supuesto, quienes terminan ardiendo dentro del coche.
Silencio, pues; hay que reclamarlo ya tocando la boca, o ya la frente. Silencio responsable, que, de lo contrario, van las viudas y hablan. No deberían hacerlo y menos aún, como apuntó el prócer peneuvista, si andan sedadas a tope. Ecuánime que es el caballero y, por añadidura, entendido en pócimas, bálsamos y fiebres. Cuánta falta hace alguien así en la política colonizada por los vascos de mentira, los vascos artificiales, los que se diría que andan sedados todo el tiempo de las cosas que se les ocurren. Pues ¿no han puesto de luto al gobierno de Vitoria-Gasteiz, que ya tiene bastante cruz con los usurpadores sociopopulares como para que haya que recurrir encima al duelo y al llanto? ¿No lucen las banderas del parlamento a media asta, cosa insólita y a todas luces reprobable por lo poco ecuánime? Tanta ignorancia abruma; la tradición, amigos míos, dicta lo contrario: pompa, silencio, dignidad extrema. Que no se diga que a ningún prócer en condiciones le han visto liado con la driza de la bandera, tirando de ella para subir y bajar la enseña, como si tratase, qué se yo, de un bedel murciano, extremeño o gallego.
Pero estábamos en lo de la viuda: a semejante situación lleva el no seguir con las costumbres ancestrales tan añoradas hoy que, a poco que se escarbe, se remontan a los cromañones o, quien sabe, incluso a los neandertales. Me refiero a la de quemar a la viuda sin molestarse en darle antes la palabra. Pero de fuera vendrán quienes te arrebatarán el bastón, el despacho y la llave del boletín oficial. No se aflijan; igual que MacArthur, volveremos y, con nosotros, lo harán la ecuanimidad y el silencio. Lástima que, como daños colaterales, también sea probable que vuelvan muchas viudas. No, si al final habrá que amordazarlas.