No conozco a un solo trabajador que no tema perder su empleo. El miedo no figura entre las recetas de una vida sana, y a los asustados hay que sumar a quienes simplemente odian su trabajo. En conjunto, la felicidad no tiene excesivo acomodo en el mercado laboral. Se supone que el paro empeora la situación, delineando un territorio homogéneamente destructivo. La lobreguez depresiva favorece a los empleadores y al Estado, porque apacigua a quienes podrían plantearse una insurrección, una vez que se les ha privado de un derecho y un deber constitucionales. Sin embargo, hay un movimiento que se opone a tomarse el despido por la tremenda. En inglés les llaman funemployed, apuntando a la diversión (fun) de los desempleados (unemployed).
Ya que no podemos combatir el paro, amortigüemos sus secuelas psicológicas. Cuatro millones de desempleados aportan un repertorio de peripecias dramáticas, por lo que los funemployed se reclutan entre personas sin cargas familiares ni hipotecarias —hasta El Pocero reconoce hoy que la hipoteca es el equivalente español a la pena de muerte—. Algunos conquistaron el paro con una generosa indemnización. En esta fase de transición hacia el caos o la recuperación económica, practican un mileurismo con tiempo libre.
Parados del mundo, divertíos. Los funemployed no apelan a la frivolidad, sino que reniegan de la tristeza porque saben que no se están perdiendo nada. Persiguen las gangas viajeras, vuelven a estudiar, captan mejor el espíritu de los tiempos que los workaholics. En su actitud no hay despreocupación, sino absorción total en el presente. Integran el único colectivo que ha entendido la magnitud de la crisis, y que percibe la precariedad de los parches improvisados para contrarrestarla. Apuestan a un futuro económico que no escindirá el mundo en ganadores y perdedores, a falta de saber si habrá ganadores.
Salir del almario, ese crimen. La coherencia está muy sobrevalorada, pero debemos aceptarla como una protección darwiniana contra la caprichosa autenticidad, ese crimen. Si fuéramos nosotros mismos, y aunque sólo nos entregáramos a esa sinceridad descerebrada en horario laboral, propiciaríamos la extinción acelerada de la humanidad. Pese a ello, toda alma acaba por sucumbir al impulso irresistible de salir del almario. Ese arranque ingenuo pero nocivo suele coincidir en los varones con la cincuentena. En las mujeres florece a los cuarenta, dada su proverbial precocidad.
Cuando tu mejor amigo esboza un marcial «a mi edad ya no tengo por qué callarme», ha llegado el momento de cambiar de compañía. De no adoptar esta precaución higiénica, te verás sometido a una dieta sonrojante de pronunciamientos definitivos, de salidas de tono y de ridículos en público. Sacar el alma a pasear sin bozal es un riesgo para los viandantes, porque convierte a un ser civilizado en un gañán que se cree propietario de su ego. Todavía recuerdo a mi empresario favorito, con la camisa abierta hasta el ombligo y las cadenas enzarzadas en su pelambrera pectoral, después de haber prendido fuego a la corbata que había anudado a la cintura de su amante. Somos menos interesantes que el rol que nos hemos fabricado con esmero a lo largo de décadas.
Santa Teresa de Jesús pregonaba «cada alma, en su almario», pero su admonición cayó en los oídos sordos de adultos convencidos de que su autenticidad es más rica que su simulación. Esta tentación crea tantas víctimas como la convicción de que las veinteañeras sienten debilidad por vejestorios que les doblan la edad. En cuanto adquiere conciencia de su transitoriedad, el ser humano empieza a avergonzar a sus semejantes.