El suicidio y la compresa

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Cipriano Torres

Me pillan. No puedo evitarlo. He vuelto a caer en la piedra de Mujeres y hombres. Sólo un rato, pero suficiente. Una tal Jenny dice nos «besemos» en el hotel. Quizá se llame Jenny o Silvia, no sé, o incluso Manuel, lo que sí sé con certeza es que ellas llevan una capa densa de pintura, que él se embute en pantalones vaqueros y cuando se sienta se abre de patas y al no tener uñas de pega, blancas y recortadas a serrucho, el plano de su paquete resume el meollo del programa. Supongo. Como me fijo en lo que no debiera, aún no sé con exactitud de qué va el programa. Sé que hace más de un mes que no me paro en ese establo de ofidios con cerebro exclusivo de gimnasio, pero sé que lo que vi es lo que veo, el mismo tipo de gente que dice «nos besemos y nos cambiemos allí mismo». ¿Dónde los buscan, qué empresa se encarga de esa diabólica selección, qué requisitos ineludibles se exigen para estar ahí? A diez metros de la pantalla huele a silicona y anabolizantes, y a maquillaje y postizos que le pondrían los implantes de punta a Silvio Berlusiconi, otro que podría sentarse en Mujeres y hombres si existiera una versión geriátrica. ¿Quién enseña a sentarse así a esas nenas, cómo puede aparentar alguien ser tan chulo de esquineras? De repente, es Emma García la que me explica de qué va el programa. Mira, Manuel, dice la señora, aquí está un equipo entero volcado en que encuentres a tu chica ideal, y tú nos has fallado. ¿De verdad que en ese zoco alguien piensa encontrar a su chica ideal, de verdad que una mujer en sus cabales cree que entre esa colección de gañanes con pectorales de acero y maneras de chuleta de puticlub va a llevarse a casa al hombre de su vida? Pero si ni siquiera los llamados asesores del amor, Pipi Estrada y Miriam Sánchez, conocida en el mundo del porno como Lucía Lapiedra, saben qué hacer con el suyo, que se les cae a cachos, y en directo, tirándose al cuello hasta matar.
Hay que tener fe y que sean ellos, poco a poco, quienes pongan orden en nuestras vidas. Y se vayan extinguiendo como mejor vean. Hoy es día 28 de junio. Si la promesa se cumple, y no hay por qué poner en duda su sensato aviso, hoy llevará enterrado 3 días Coto Matamoros. Prometió en directo que se suicidaría antes del día 25, fecha señalada por el juez para meterlo en el trullo. Y como el canalla de la televisión, así lo anuncia la voz de la narradora antes de salir a escena, no quiere entrar en la cárcel ni tiene los cuarenta mil euros que le pide su señoría, sólo le queda esa salida, volarse su cráneo repulido. Yo que él vendía el momento cumbre. Los pormenores de su valiente decisión los ofrece con su crispada prosodia. Acude a la plaza pública de ¿Dónde estás, corazón? para que el pueblo llano tome partido. Supongo que por él. Dice estar harto de todo, dice ser un perseguido ideológico, dice que por escribir un artículo sobre Zapatero, no aclaró si a favor o en contra, le hicieron una inspección tributaria, dice que no entiende que el juez crea que tiene dinero cuando esa misma mañana, para poder pagar el hotel y acudir al plató donde anunció que se suicidaría el día 25, pidió prestados 500 euros, dice que es un mártir, un paria. Por todo ello, mirando a María Patiño, con la quijada más cuadrada de lo habitual, es decir, descreída, en plan cobra que se inflama antes de atacar, dice me voy a suicidar, te lo garantizo. Palabra de Coto Matamoros, no hay marcha atrás, estoy harto. Momentos antes, sin salir de la guarrería del mismo plató, casi sin tiempo de limpiar la porquería, Cristina Tárrega contó que un enajenado admirador llevó su amor al límite, tal como hace unos días le pasara a Sara Casasnovas, que estuvo a punto de ser asaeteada por un loco a la puerta del teatro donde trabaja. Lo de Cristina también fue terrible, pero contado en televisión, y en ese escenario de arpías sin fronteras, suena a vodevil. Su acosador le metió una compresa en la boca llena de sangre.
La historia de la compresa tiene miga. Según la acosada, su acosador era una acosadora que llegó a cambiarse de sexo para que Cristina se fijara en él como hombre. Aquello pasó hace 10 años. Y ahora lo vende en público porque hace pocas fechas el antiguo admirador ha vuelto a la carga. La Tárrega, que dice revivir aquel drama con angustia, se enfrenta al agresor jaleada por los sabuesos de enfrente, y uno de los más sibilinos, Antonio Montero, le dice, anda, Cristina, atrévete, qué le dices, que seguro que te está viendo, pues nada, contesta ella mirando a cámara, es decir, a su agresor, aquí estoy, pero ahora soy fuerte, ya no soy una niña, no podrás conmigo. Viendo aquel esperpento me acordé de Manel Fuentes, que en su última entrega en La sexta hizo que Txabi Franquiesa corriera detrás del Fede, seguido a su vez por otra eminencia de las ondas, César Vidal, para ponerle sobre la cabeza una viñeta de cartón en la que se leían sus pensamientos, los pensamientos de Federico Jiménez, en los que podíamos meternos para saber que «me quedé sin la Cope, ¿y si me vuelvo otra vez comunista?» No le hizo gracia al simpático locutor, que mandó a la mierda al imbécil por tener Malas compañías. Como Cristina poniéndose en manos de esos francotiradores sin piedad.
El corrillo de adorables y exquisitas rabaleras que se juntan con Concha García Campoy, antes de que irrumpa Ángel Moya con sus putas, no habla de compresas ni dice «nos besemos», pero llega Miguel Rabaneda, el malagueño que ejerce de descacharrante graciosillo para enseñarnos cómo se hace un espeto de sardinas. Y de las tripas del pez, a los labios, mejillas y nariz reconstruidas de Letizia Ortiz. Está claro, dice la experta en estos cambios Maribel Yébenes, la princesa se ha metido ácido hialurónico en la cara, y tal vez algo de bótox, además de la operación de nariz, quizá, en el fondo, el objetivo sea parecerse, asegura sin despeinarse, a Rania de Jordania. Ohh, qué ricas, dicen las del corrillo. ¿Se refieren a las sardinas, a las princesas? No quiero saberlo. El hialurónico me ha dejado traspuesto.

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