El president Francisco Camps y Alfonso Rus, el ejecutor bajito, se hacen fotos con los escolares a los que becan. Clientelismo, en efecto, que está en el mismo origen de los partidos cuya función es defender los intereses de una parte de la sociedad, a menudo con malos modales.
Las instituciones también practican el clientelismo y procuran tener contentos a sus integrantes: la oposición en el ayuntamiento de Valencia, con medio quilo de sueldo mínimo más móvil, chófer y cuenta en los restaurantes es poco probable que quiera moverse de allí hasta que les fuercen las trompetas del Juicio Final. Y el único diputado autonómico que ha devuelto el finiquito es, que yo sepa, Carles Arnal.
Sin embargo ya hemos alumbrado una o dos generaciones de jóvenes cuyas perspectivas de empleo y vida son menos halagüeñas de lo que fueron las de sus padres. Los sindicatos, que también son clientelares, han permitido los contratos basuras, las distintas retribuciones para idéntico trabajo y categoría, las liberaciones generosas y la financiación no muy cristalina, mientras amortizan prematuramente a la generación de la ruptura y escancian ERES con destino exclusivo a la aristocracia laboral.
Por no hablar del PSPV o EUPV, convertidos en ventanillas canijas para la distribución de migajas funcionariales y puestos de representación donde sólo caben culos muy magros.
Entretanto miramos con recelo a los emigrantes ahora en paro, como si no hubieran prestado preciosos (y baratos) servicios cuando todo iba rodado. Lo seguirán haciendo porque son de la mejor sangre: de los que no se rinden ni renuncian. Por eso cruzaron un mar o varios. Como las mujeres, que son mayoría en las aulas, en los cursos, en la lectura, en los másters y siguen excluidas de las tareas directivas.
La historia de la humanidad cabe en media docena de argumentos: la gente anhela que al amor destruido lo suceda otro de estreno y que amanezca otro día.