Hace casi un año un mercante tiró al mar fuel que formó una mancha de unos 3,7 kilómetros de largo por unos cien metros de ancho frente a la costa de Valencia. Este año, el mal ha sido menor. A falta de datos definitivos —en principio, unos cien kilos de fuel y aceite— las galletas de alquitrán que se vieron el lunes y ayer en las playas más próximas al puerto supusieron una grave molestia para los bañistas y una mala imagen para la ciudad. Pero esa circunstancia no parece extrañar a quienes disfrutan habitualmente del baño. Todo lo contrario, no hubo sorpresa. Estamos, entonces, ante una grave amenaza, permanente y estructural, que tiene su origen en el puerto, que, además, va a crecer espectacularmente, con lo cual este problema del que hablamos aumentará también espectacularmente. Los navíos aguardan en el golfo de Valencia durante días para pagar el menor tiempo posible por el amarre portuario. Tener tantos buques durante tanto tiempo frente a las playas de la ciudad es un riesgo potencial que, como se ve, tiene consecuencias negativas. El puerto debería ofrecer a las compañías servicios suficientes que atiendan sus necesidades en dique seco para la limpieza de sus bodegas y, por supuesto, disponer de la correspondiente vigilancia para controlarles mientras estén fondeados frente a la bocana. De otra forma seguirán quedando impunes estos excesos de marinos sin escrúpulos que arrojan las inmundicias contaminantes al mar, a nuestro litoral.