Pese a las prédicas sobre la igualdad de los ciudadanos en democracia, no es lo mismo multar a un viandante que al tesorero del Partido Popular, se llame o no Luis Bárcenas. La autoridad judicial participa de ese prejuicio, por lo que el PP ha abusado sin demasiado éxito del «no sabe usted a quién está investigando», mensaje dirigido a la Audiencia Nacional, a sendos Tribunales Superiores y al Supremo. Los magistrados debían ser conscientes de que imputaban a un protegido de Mariano Rajoy.
Visto que los jueces no se amilanaban, la estrategia popular se diluyó. El anodino Luis Bárcenas sólo recupera su anonimato en la jerarquía del PP cuando su cargo ya no puede protegerle. La primera prueba de esta utilización de sus funciones se advierte en que sólo renuncia a la condición de tesorero, pero ni se plantea desprenderse del acta senatorial que le otorga el privilegio medieval del aforamiento. Ni a Bárcenas ni a Rajoy les ha importado lo más mínimo la repercusión en contra de su partido de la obstinación del primero y de la pasividad del segundo.
Cuando el PP lamenta que los jueces diriman cuestiones ajenas a la esfera penal —la judicialización de la política—, olvida que ha sido el Tribunal Supremo quien ha eliminado a Bárcenas al atizar la inminencia del suplicatorio, y no Rajoy. Según la versión oficial, el tesorero se encontraba en su momento de mayor gloria, una vez que había culminado su deseo de explicarse en sede judicial. A continuación, se funde con el decorado porque la tesorería ya no le sirve como blindaje. Dimite un minuto antes de ser destituido, sus argumentos de defensa deben ser incluso más débiles de lo que sospechan sus enemigos.
El Supremo le ha echado un capotazo a Rajoy, que sigue de mirón. Sus partidarios insistían en que no expulsaba a Bárcenas porque éste le había demostrado su inocencia. Dado que las pruebas no han variado, la tardía salida de escena empeora su criterio. O se equivocó al prolongar una agonía que ha dañado sus intereses, o yerra ahora. Quienes sostenían que no quería desprenderse del tesorero, habrán de aquilatar la hipótesis de que no podía hacerlo. Nunca un comparsa soñó con alcanzar tamaño protagonismo, por gentileza del presidente de su partido.
No tiene sentido insistir en Bárcenas, el foco debe apuntar a Rajoy. Es posible que el presidente del PP sea el único engrudo capaz de mantener en su partido la cohesión y la cordura —una vez que Esperanza Aguirre deriva hacia una mezcla de Judy Garland y Madonna—. Sin embargo, también se erige en el dique que impide a los conservadores marcar una diferencia de más de cinco puntos con el PSOE. La moraleja del caso Gürtel apunta a que la repulsa social, plasmada en la dimisión, debiera ser más grave que la condena penal.