La deriva hacia la agresividad, el insulto, y de ahí a la violencia que parece fomentar la cadena de Paolo Vasile, convirtiendo esas salidas de zahúrda en nutriente natural para más gloria del espectáculo no sé si ha rozado los límites, que seguro que no, pero estoy convencido de que responde a algo que está ahí, a nuestro lado, formando parte de cierta clase de sociedad. En la última edición de La noria, en un ejercicio de cinismo supremo, otro rasgo de esta época falsaria, hablaban Jordi González y Risto Mejide, un señor que se dirige al pueblo como referente de honestidad e integridad moral, inflexible, llamando a las cosas por su nombre aún a costa de perder el empleo pero con la panza tranquila ya que tiene asegurado el trabajo en el mismo pesebre, de lo inadecuado de esa deriva, del mal ejemplo de los programas de Telecinco porque las hostias se reparten en directo.
No creas, decía Jordi, en otros países hay cadenas especializadas en audiencias que sólo buscan la trifulca, aquí hemos llegado tarde. Es posible. Pero estoy convencido de que el ritmo para tener la corona del primer puesto es el adecuado. Federico Trillo, una de las caras más chungas, oscuras y fulleras de la política, hace lo mismo cuando, serio, tan circunspecto como Risto, pide transparencia, investigaciones, esclarecimientos ajenos, es decir, montar el numerito del PP ofendido que saca papeles ante las cámaras para que la obnubilada mirada de la audiencia, cegada por el circo, aparte los ojos del fuego que escala la colina de su gente, enfangada hasta el cuello, pero escupiendo sangre al otro para demostrar que todos están pringados. Es la Arena mix de la política. Es el chiste de los espías encorajinados de Esperanza Aguirre, la ristomejización de la democracia.