El mundo es medio real y medio inventado. En estos tiempos de aniversarios galácticos seguimos sin saber exactamente si el hombre llegó a la Luna hace cuarenta años o fue todo un montaje de la televisión. Aún hay quien sigue pensando que la única realidad estratosférica de aquellos años fue «2001 una odisea del espacio», la irrepetible película de Stanley Kubrick. Y un poco más atrás las virguerías literarias de Julio Verne y Cyrano de Bergerac. Al fin y al cabo, como decía Antonio Machado, la verdad (que vendría a ser como la dimensión moral de lo real) también se inventa. Me venían a la cabeza el cine aquel y su literatura al leer las encuestas del CIS sobre quién ganaría las elecciones generales si se celebraran ahora mismo. Según esas encuestas, las ganaría el PP. Pero lo que me llamó la atención no fueron los posibles resultados electorales anticipados en tres años sino la interpretación que los mandos populares han hecho de esos resultados. Sobre todo la interpretación de nuestro siempre ocurrente y dicharachero Esteban González Pons, que siempre que habla es como si fuera un monologuista del Club de la Comedia. Según él, la posible victoria de su partido demuestra que la corrupción de que se le acusa es un invento de sus enemigos políticos y de algunos medios de comunicación. Aún hay una versión más preocupante de lo afirmado en las encuestas del CIS: que la gente no le da ninguna importancia al hecho de que algunos políticos de rango elevadísimo chupen del bote público para embellecer su imagen personal o engordar sus propias cuentas corrientes o las de su partido. O sea, que para esa gente la democracia de verdad no es cosa de personas decentes sino de chorizos. Lo decía Léo Malet, uno de mis escritores policiales preferidos, en «Niebla en el puente de Tolbiac», su magnífica novela de 1956: «Hoy por hoy la mala fama es rentable». Llegado a este punto, siempre me hago la misma pregunta: ¿los que votan a un chorizo son unos chorizos? La respuesta me llena de picores y de un profundo desasosiego. Pero la realidad es a veces muy tozuda y no se pliega fácilmente a esconder la cabeza como si fuera una tortuga miedosa en los inviernos. Y ahora mismo la certeza más segura es la que ha llevado a que Luis Bárcenas, el tesorero del PP, haya tenido que renunciar a su cargo acusado de una gestión nada limpia al frente de las finanzas del partido. Aquí no hay invención que valga. Aunque las voces amigas estén dorando la píldora diciendo que se va como en unas cortas vacaciones, hasta que se demuestre su inocencia inapelable. Ya lo veremos. Como veremos en qué queda lo nuestro, lo de Camps y sus compañeros imputados. Lo normal es que el presidente y Ricardo Costa hubieran dimitido: son los únicos en toda España, entre los acusados de corrupción dentro del PP, que no lo han hecho. Lo anormal, con la cantidad de datos que atesora el sumario, sería que los tres jueces conservadores que han de decidir sobre la celebración o no del juicio a los cuatro jinetes de Milano y Forever Young optaran por cerrar el caso. Pero cosas más raras se han visto en este complicado mundo de la justicia y no sé ahora mismo si los señores magistrados actuarán en el mundo real o en el inventado, como si el caso Gürtel fuera lo mismo que la llegada del hombre a la Luna hace cuarenta años. Yo digo que ese caso de corrupción pertenece al mundo de la realidad y González Pons, borracho del licor regalado por el CIS, asegura lleno de satisfacción que no, que sólo es una invención de sus enemigos. ¿Y los jueces, en qué lado piensan esos tres jueces que transcurren las imputaciones de su compañero, el juez instructor José Flors? Esperamos que llegado el momento de su veredicto nos lo contarán con pelos y señales para que no queden dudas de ninguna clase. Eso al menos esperamos. Eso.