El pensamiento mágico todo le parece milagroso. Hace unos días se decía que era un milagro que el bombazo de ETA contra la casa-cuartel de la guardia civil en Burgos no hubiera matado a nadie y, al mismo tiempo, se hablaba de unos bañadores-milagro de poliuretano que permiten nadar más rápido porque son impermeables y dan flotabilidad .
Entre un milagro y otro, el Papa bromeaba con el pensamiento mágico (en el que es infalible) y venía a decir que se lesionó la muñeca porque su ángel de la guarda, por orden superior, no impidió que resbalara para enseñarle así paciencia y darle más tiempo para el rezo y la meditación. Da gusto la confianza con que los curas tratan a Dios a veces. Los directivos no hablan así de sus amos. Es más fácil que un camello entre por el ojo de una aguja que sacarle una broma sobre Botín a un ejecutivo del Santander. No sé si mi recelo al uso abundante de la palabra «milagro» es racionalista o es temor reverencial.
No me parece mal en dietas-milagro como sinónimo de «fraude para gordos». Milagro y fraude han ido unidos muchas veces. La Iglesia tiene su proceso para decidir qué es milagro y, aunque ahora reconoce más milagros porque fabrica más santos, (un beato necesita un milagro; un santo, dos y el martirio vale por un milagro en los dos casos), siempre es más restrictiva que el creyente llano que ve milagros en lo que sucede y en lo que no, en las bombas, en los bañadores y en adelgazar. Michael Phelps, con un modelo de siempre, ganó a los nadadores de los bañadores de poliuretano.
Esto alegra a los que están contra el progreso y el poliuretano y llaman a los «bañadores-milagro» «dopaje tecnológico». Sería ideal ver los resultados de Phelps con esos bañadores. Aunque parecería que lo suyo era ver cuánto nadan sin bañador conviene mantener esa barrera textil y moral porque el día que la traspasen las mejoras pasarán por la cirugía o la genética.