Cuando Rita Barberá alcanzó la alcaldía de Valencia en 1991, Barcelona se encontraba exultante en la recta final de los preparativos para las Olimpiadas. Barberá miraba a Cobi de reojo, envidiaba el chorro de inversiones que caía sobre la ciudad condal. Se lo propuso el primer día y no cejó en el empeño. Valencia necesitaba algo así, un evento, el que fuera, que la proyectara al mundo y mineralizara la autoestima colectiva. Los socialistas le habían dejado en bandeja una oportunidad: los Juegos del Mediterráneo. Pero ganó Bari. Tampoco llegó la capitalidad cultural europea. Hasta que un día oyó hablar de la Copa del América. Y Barberá lo logró al fin. Aquel frío día de noviembre de 2003 fue posiblemente el más feliz de su carrera en la política municipal. Un sueño hecho realidad. Y lo que vino después. Codearse con millonarios, verse en las televisiones de medio planeta, estrenar trajes de inspiración marinera, navegar en yates... El Gobierno, que ponía el dinero —el crédito y el aval, cuanto menos—, quiso rentabilizarlo. Rita sacó las uñas. No quería que le arañaran ni un segundo de protagonismo ni los «jordis sevillas» ni las «elenas salgados» de turno. Pero el brillo de la Jarra de las Cien Guineas quizá le deslumbró. Quería más copa. Con Ernesto Bertarelli estaba hecho. Quisieron retenerla una edición, dos más. Crearon el Club Español de Vela. Y Oracle litigó... durante 633 días. Firmaron un contrato que fue papel mojado. Quedaron a merced de un tal juez Cahn, de las brisas marinas, del «Deed of Gift»... Ahora, un duelo en aguas del golfo Pérsico, con un jeque como anfitrión nada menos. Luego, ya veremos. Espera e incertidumbre. La alcaldesa y el cuento de la lechera.