Como no hay otro sistema que el de partidos para que la democracia funcione –si lo hubiera se sabría y debería ser adoptado enseguida–, no tenemos más remedio que navegar como podamos con los que conforman el arco parlamentario y especialmente el PSOE y el PP, como paredes maestras de nuestra convivencia. Lo mismo ocurre con los políticos. Son los que hay, y con ellos tenemos que arar si no queremos dejar el país en barbecho. Así de dura se presenta la realidad después de tantos años desde que salimos de una dictadura que parecía interminable, y cuyo periodo de transición se debe a unos hombres, de los que el más modesto en capacidad de liderazgo le daría sopas con honda a los que ahora padecemos.
Un somero análisis de la última encuesta del CIS, en la que se ha tratado de calibrar la credibilidad de los que manejan nuestros impuestos y despilfarran la tan cacareada sociedad del bienestar, arroja resultados nada sorprendentes. Uno lo viene diciendo hace tiempo, pero ya se sabe que uno es políticamente incorrecto y carece de adición a pesebre alguno. Zapatero es incapaz de sacarnos del atolladero económico, político y social en que estamos inmersos, porque aspira a una sociedad con pocos ricos, una modesta clase media y todo lo demás pobreza fácilmente manejable desde su punto de vista tercermundista. Pero lo realmente inquietante es que no podemos volver los ojos hacia el lado derecho, esperanzados en que Rajoy sea nuestra tabla de salvación, porque el remedio sería peor que la enfermedad. Dado su carácter timorato y sus pocas habilidades políticas, con él al frente el país podría hundirse irremisiblemente. Todo esto ha quedado explicitado sobradamente con los porcentajes de rotundo suspenso a Zapatero, y de clara invalidación para la política a Rajoy.
Que un líder de la oposición, en un país que navega a la deriva económicamente y en tantos otros aspectos, obtenga en una encuesta seria más del setenta por ciento de rechazo, incluso cuando su partido ha subido algún punto en la valoración ciudadana, y por tanto en intención de voto, es realmente espectacular y da pie para decir en voz alta, si es que no deseamos que el sistema democrático se hunda en la miseria, que el Partido Popular necesita de manera urgente ser desparasitado. Despioje que le conviene también al PSOE, ya que es patético que el miembro del Gobierno más valorado, sin llegar al aprobado siquiera, sea ese caballero de la triste figura que responde al nombre de Alfredo Pérez Rubalcaba, el cual, en los tiempos de Felipe González, no pasó de ser un pinche de la cocina en la que se cocinaban los asuntos malolientes. Ese solo detalle describe clamorosamente la penuria de liderazgo que padece el partido que un día fue cuna de brillantes políticos, que, con todos los defectos que se quiera, supieron sacarnos de una larga dictadura y tutelar el proceso de transición hacia una democracia plena.
Tampoco la derecha ha encontrado el filón del que salieron los Suárez, Martín Villa, Añoveros, Ortega y Díaz Ambrona, Calvo Sotelo, Abril Martorell, Roson, Fraga y tantos más que, a pesar de que venían del franquismo, se entregaron, junto a los socialistas, comunistas y nacionalistas González, Pujol, Garaicoechea, Carrillo, Raventós, Guerra, Peces Barba, Tierno, Gómez Llorente y otros que harían esta lista interminable, a la tarea de organizar la convivencia bajo parámetros democráticos. Si la transición hubiera estado en manos de los políticos que ahora soportamos, seguramente el intento hubiera resultado fallido y el posfranquismo se habría adueñado de la situación, retrotrayéndonos a los tiempos en que no teníamos más remedio que agachar la cerviz y marcar el paso de la oca. La encuesta citada debería ser un aldabonazo en las conciencias políticas y una ocasión para que muchos decidieran conservar un adarme de dignidad dimitiendo irrevocablemente de sus cargos. Pero eso sería presuponerles a los políticos de esta hora triste un mínimo de sentido de servicio del que carecen, a juzgar por los hechos. No obstante prefieren sobrevivir, sin darse por aludidos, rebozados en su salsa de egoísmo, vanidad y mentiras porque fuera del poder hace mucho frío y en él gozan de confortabilidad para seguir haciéndose cada día un poco más ricos. O cuanto menos continuar agarrados al momio, en un país donde el trabajo y el sueldo son bienes cada día más escasos.
De esta encrucijada sólo nos puede sacar una corriente de decencia en los partidos, capaz de impulsar un movimiento regeneracionista a todos los niveles políticos, económicos y sociales de la nación. Porque los políticos actuales están engolfados en sus luchas partidarias, con un olvido absoluto de la exigencia que suponen sus puestos de poder. Y repito: la oposición también es poder...
Bultos sospechosos. El caso Gürtel sigue dando que hablar. Malditos sean y que les den morcilla malagueña a sus responsables. La operación Malaya, el gatuperio de Coslada, lo de la CCM y tantas raterías más que han protagonizado gentes con cargo político y sus adláteres, son ejemplos de la mala suerte de esta nación con sus políticos. Que la justicia les siente la mano a los responsables, y el oprobio público los persiga hasta que las orejas se les pongan coloradas de vergüenza. Cosa harto improbable, por cierto, porque carecen de la facultad de sonrojarse. Pero ¿qué hacemos con los «diecisiete niños de Écija», versus consejeros de la Caja Castilla-La Mancha? Parece claro que sus chanchullos pueden dejar en la ruina a miles de castellano-manchegos. Pero ¿dónde está la cuerda de presos que los conduce como vulgares rateros al penal de Ocaña? O al menos, ¿cuándo los han detenido con carácter preventivo hasta que se delimiten responsabilidades jurídicamente? ¿Qué pasa con el tan socorrido escándalo público? ¿Es que la mangancia no escandaliza ya a nadie en este país? ¿Exigirá la señorita Cospedal la detención de tanto bulto sospechoso? Seguro que no. Un día diremos por qué...