Poco dura la alegría en la casa del pobre. La ciudad de Valencia se queda sin la 33.ª edición de la Copa del América para la que se habían dispuesto todos los esfuerzos económicos y de intraestructuras posibles. Pero, como se suele decir, fue bonito mientras duró. Alinghi alega que se va porque no le ha dejado otra opción el juez norteamericano que dirimió su pleito con el Oracle y que han buscado las mejores condiciones meteorológicas y de navegación, naturalmente para sus intereses. Pero a nadie se le escapa, al menos a los que ya conocemos qué es lo que realmente mueve este tipo de acontecimientos, la principal razón: el dinero. Añádanse las ventajas que han debido de ofrecer los Emiratos Árabes, importantes a juzgar por el hecho de que aquella ciudad, especializada en grandes eventos, construirá una isla para proveer a los equipos, patrocinadores y seguidores. Detrás de eso hay mucho dólar y ese canto de sirena es irresistible para los negocios de la vela. El Ayuntamiento de Valencia da por perdida la siguiente edición, la convencional. Y eso es una muy mala noticia a la que se ha podido llegar por la mala gestión, según algunos, y por la política de gestos oficial que se ha decantado sólo por un equipo, el Alinghi. Al margen del desastre y del futuro incierto del consorcio de la dársena del puerto, admitamos que es más lógico que un emirato árabe se gaste las divisas que le sobran en comprar los derechos que no los adquiramos nosotros con el dinero que no tenemos.