Cuando en España nos reíamos con Gila –«vengo de matar a mi mujer; tendría que haberlo hecho antes, pero lo vas dejando»–, la pacífica sociedad estadounidense se congregaba ante Charles Manson. Hoy se cumple el cuarenta aniversario en horario americano, será mañana para los españoles, de la matanza más famosa de la historia de Hollywood. Para quienes están hartos de agradecerle a Michael Jackson las canciones que compuso hace un cuarto de siglo, o se devanan la sesera intentando recordar si todavía les gusta la música de Madonna y cómo se le ocurre cumplir cincuenta años a su edad, el regreso del mayor asesino en masa previo a la guerra de Irak puede significar un paréntesis de solaz.
A menudo hablamos del género people como si estuviéramos cartografiando nuestra incursión en una terra incógnita, cuando en realidad su pujanza invadió los territorios más exóticos desde mucho antes de Berlusconi. Por ejemplo, la familia Manson fue condenada por el asesinato de nueve personas, pero debe su leyenda a las 16 puñaladas asestadas a Sharon Tate, esposa por entonces de Roman Polanski. La fijación con la víctima más famosa llegó al extremo de que el asesino ha pugnado sin demasiado éxito para que se le atribuyera la muerte de hasta 35 personas, cuyos cuerpos habría enterrado en el desierto. La ausencia entre los asesinados de actores de serie B privó de interés suficiente a la búsqueda.
Estados Unidos odia hoy más a Polanski que a Manson, porque su historia demuestra –otra vez Irak– que condesciende antes con la sangre que con el sexo. A menudo se sobreestima la dotación intelectual del asesino que rastreó su revolución en los versos de la canción Helter Skelter de los Beatles, donde se leen textos proféticos como «Yo no seré un amante, pero tú no eres una bailarina». Bajo este criterio, Julio Iglesias describe en «La vida sigue igual» los secretos del big bang.
¿Hay algo bueno que decir de Manson? Sí, acabó con la reputación de los hippies. Era además un compositor apreciable, coautor de uno de los éxitos de los Beach Boys. Nada de eso desplazará nuestra obsesión por los famosos. Lo único que ha hecho Charles Manson en toda su vida es matar a Sharon Tate, y él ni siquiera estaba allí. No me vengan después con la milonga de que a ustedes no les gusta el people.