La televisión no tiene misterios. Hablo de la relación que se establece entre lo que ves, es decir, entre quienes salen por ese agujero fascinante, y quienes lo presencian. Sabes que alguien te cae bien, y sabes, sin saber por qué, que alguien te cae mal, sabes que una cara, un gesto, una forma de hablar, una manera de tratar los asuntos te interesan, y sabes que ocurre lo contrario cuando quien te lo dice, y cómo te lo dice, te produce desapego. Con Inmaculada Galván al frente de la revista matutina de La 1me pasaba todo eso. Es parecido a lo que pasa con la gente en la vida real, que sin conocerla demasiado, de un vistazo, de una presentación y una charla insustancial, tu organismo genera anticuerpos que te alertan de que cuanto antes te desprendas de ese roce, mejor. Con la mentada, con la señora Galván, mis dedos no se retiraban del mando.
No me relajaba. Estaré loco, pero parecía oler su vinagre. Igual que parece que huelo el azufre en cuanto veo a Mercedes Torre, una de las señoras de España directo. Supongo que la suave remodelación de la cadena pública, con baile de responsabilidades bajo el paraguas del verano, ha sido la excusa perfecta para quitarse de en medio a Inmaculada, que necesita un largo descanso. Yo soy audiencia. Y necesitaba no pasar corriendo por la mañana de La 1. Ahora están María Avizanda y José Ángel Leiras. Para que se note la novedad han remodelado el plató, le han puesto sillón a nuevos colaboradores, tienen a dos, así llamados, cronistas de sociedad, a Rafa Pontes y a Almudena del Pozo, y por supuesto que hablan de la casa española de Cristiano Ronaldo y de la obscenidad de lo que rodea a ese chico, pero lo que llega a casa es respirable. Mejor, mucho mejor.