Parece que este mes de agosto hay un montón de gente cabreada, en especial consigo misma. Primero, los chicos y chicas del PP. Como en una película de los sesentas, con José Luis y su guitarra, Luis Aguilé y Conchita Velasco antes de ser progre: en cuanto alguien les dice que la realidad no es la ficción que desean interpretar, cargan contra todos. Allá ellos, y allá nosotros: les tocará gobernar con esos cerebros del pleistoceno.
Después, a propósito de la trilogía Millennium, del escritor sueco Stieg Larsson: he leído y escuchado de todo. Hasta una reconocida autora, también de serie negra, llegó a decir que le «daba miedo el éxito de Larsson» porque suponía una aceptación de la fría moral que al parecer se trasluce en sus libros. Eso sí, le daba pena, y se lo trasladaba a su familia, que el autor se hubiera muerto. Menos mal. Como decía el clásico, siempre que pasa igual sucede lo mismo. Cuando se venden muchos ejemplares, malo, mercadotecnia, literatura para masas, popularidad excesiva y malsana, etc. Cuando no se vende, que venga papá Estado a subvencionar la cultura. Pues confieso que me lo he pasado muy bien leyendo los tres tochos de Larsson: porque sólo buscaba eso, diversión con un género apasionante, y que los suecos llevan más de treinta años bordando. Para mí, Mankell es lo mejor que han dado hasta la fecha: posee estilo, calidad y profundidad, es decir, es el que mejor instruye deleitando. Larsson es otra cosa, como un pequeño Hammet del XXI, pero sin su punta de agudeza y crítica extrema. Para el que no lo haya hecho, aún está a tiempo de gozar este mes de agosto de las peripecias del periodista Mikael Blomkvist y la peculiar Lisbeth Salander. La diversión está en los libros, todavía, a pesar de los apocalípticos, los integrados, de Cospedal y de Trillo.