Yo tengo un programa de televisión. Mi programa compite con las emisiones de otras cadenas. Quiero que mi programa sea, si no el más visto, al menos uno de los más vistos. La competencia es durísima, y aunque mi programa es una pocilga en la que abreva lo peor de la condición humana, robos, asesinatos, raptos, suicidios, violaciones, es decir, sangre y semen, o sea, lo más básico, lo más primario e instintivo, ese nivel que entiende el catedrático y el analfabeto, por la noche las demás cadenas hacen lo que pueden con un avío parecido, amores, desamores, traiciones, rupturas, denuncias, intereses, inventos. ¿Y si alimento mi programa con muertes en exclusiva, con detalles que nadie tiene, y si llego al lugar de los hechos con mis cámaras antes incluso que la policía, y si llevo a la audiencia de infarto a infarto y le robo a la competencia unos miles de espectadores?
Pensado y hecho. Organizo los asesinatos, pago por ellos, y me garantizo la exclusiva. Lo malo de este delirio es que, como saben, no es un arrebato enfebrecido. Ha ocurrido en Brasil. Wallace Souza no sólo tenía un programa de sucesos sino que era diputado, sí, de esos que se sientan en el Parlamento, cobran una pasta, en ellos depositamos una confianza que no siempre merecen, y además organizaba batidas pensando en su único dios, la audiencia. Veo al tipo en el informativo del mediodía de Helena Resano en La Sexta, va esposado, y entra al coche con un aplomo parecido al que ha jugado fuerte y está preparado para perder. Lo peor es que estos enfermos, si la justicia demuestra que está salpicado de sangre, creen que lo hacen lo hacen por el bien común, por el pueblo. En Telecinco está Rojo y negro, con Nacho Abad. No es lo mismo. Él no es diputado.