CIPRIANO TORRES
Se veía venir. Después de tres años, muchos tumbos, muchos nombres, más de una Bea, y unos guiones en desbandada, Telecinco clausura hoy de mala manera, con ración doble y un final estrambótico, «Yo soy Bea». Se han emitido cerca de 800 capítulos, un dato que no sería negativo si la historia del patito feo, cuando era Ruth Núñez, no hubiera dado la trecha hasta el patito bonito, Patricia Montero, y a partir de ahí el todo vale. Cuando las cosas se lían por liar, el globo se desinfla. De valor seguro, a moneda sin valor. Y la audiencia sale corriendo con sensación de estafa. Sólo los muy fieles, la secta, seguían ahí sin darse cuenta, o sí, de que sólo faltaba que el becario se liara con el quiosquero. A los partidos políticos les pasa algo parecido. Cuando ven que el oleaje está empapando sus barbas miran al lado, seguros de que su público, arrodillado, mantiene seco el voto.
Pero Telecinco lleva meses sobre una marejada que tumba los navíos que hasta ayer se mantenían a flote. Desde mañana, y hasta que entre el canal de desperdicios de Jorge Javier Vázquez, pondrá otro invento en marcha, por si cuela. Toma cero, y a jugar es el nombre de la ocurrencia. Al frente del barco, Daniel Domenjó, un señor cuya carta de navegación no está cuajada de éxitos. Es más, parece ser sinónimo de fracaso. ¿Alguien recuerda «El topo»? Pues eso. Un ventarrón, y a pique. Algo parece claro. La muerte del papá de Telecinco, Valerio Lazarov, tiene pinta de ser algo más que la pérdida de un señor que puso patas arriba la televisión de este país. Pero no nos pongamos babosos. El que fuera director general de la cadena imprimió un estilo que aún perdura. Las ´mamá chicho´ jamás se fueron, y esa horterada chabacana es hoy un lastre casi insoportable.