ALFONS CERVERA
Sólo se vive en los veranos. Lo escribía mi querido José Manuel Caballero Bonald en uno de sus magníficos textos memorialistas. Lo que pasa es que luego llegan los canallas que le pegan fuego al monte y la vida se convierte en un infierno. O llegan también esos impresentables que toman al asalto los ríos y sus zonas de recreo y cuando se van lo dejan todo hecho una mierda. O en las mismas proximidades desembarcan los descerebrados del ruido, las motos que ocupan las calles como si fueran un circuito de competición, los autos con las puertas abiertas para romperlo todo con sus músicas machaconas, incluso a veces los mismos altavoces del ayuntamiento para echar los bandos que se cuelan en las casas con una crueldad insoportable.
Pero a pesar de esos inconvenientes, el verano es la vida, tal vez porque dura más la luz que la oscuridad y da gusto ver a la gente sentada a la fresca en los pueblos, de cháchara hasta casi la madrugada, como el vecindario de la calle Alto del Puente, en Pedralba, que cada noche se sienta al amparo de una conversación amablemente interminable, con el espionaje cauteloso de Kenia tras la puerta de la casa y el estatismo noctámbulo de Trotsky dejando bien claro que algunos animales forman parte felizmente indisoluble de lo humano.
Vivir es encontrar un paisaje que no te golpee de mala manera cuando lo miras, cuando te paras un rato y piensas, como escribía Rubén Darío, que es en la sabia naturaleza donde hasta lo monstruoso se llena de belleza. La evocación melancólica suele ser más normal en los inviernos, en el cobre de las hojas caídas cuando es otoño, no tanto en los veranos. Pero en éste sí. Es difícil encajar tanta luz en las cajas chinas de un vacío que cuesta asumir de buenas a primeras.
El verano es la vocación por el rito, la camarada intimidad de la costumbre, el recodo donde pierde velocidad la vida para detenerse un poco en lo que la maldita muerte nos ha traído como una repetición absurdamente pornográfica. Cuando estamos en la piscina del Pontón, o en el patio de la heladería por las noches, o donde sea, es imposible no escuchar los chascarrillos de mi amigo Juan el Royo. Pero no es él quien los dice sino su invisible persistencia.
El silencio a veces suena más que las palabras. No lo decimos pero hay un peso en el aire que vuela por las tardes como el susurro suave de las páginas de un periódico —este Levante-EMV que disfrutan ustedes esta mañana de domingo— que no dejó de leer hasta el día mismo en que un pájaro inocente lo descabalgó de una escalera y lo dejó en el sitio hace unos meses. Desde no sé dónde sigue alimentando Juan las conversaciones anchas y largas de los amigos en este primer verano de la ausencia. Lo mismo que echo de menos a ese portento del amor a ser chófer que era mi inolvidable Paco Sanchis, el de Laura, como solíamos llamar a un tipo que disfrutaba al volante más que Alonso y Schumacher juntos. Me llevaba en su Ford cuando tenía que realizar algunos reportajes periodísticos. Y si íbamos al Maestrat, o a Ademuz, o adonde fuera, yo le decía: no te preocupes, ya sé que eso no está muy lejos, pero podemos rodar por Córdoba o Santander y así disfrutas conduciendo.
Echo de menos a Paco este verano de incendios a destajo, y me cabrea pensar que ya no me lo encontraré paseando por la calle Nueva con su perro Blay, que siempre me recordaba las novelas de Juan Marsé por el nombre de uno de sus personajes más extraordinarios. La presencia de los amigos que se fueron sigue aquí todos los días, con la luz inagotable del recuerdo, con lo mucho que se vive a pesar de algunos inconvenientes en verano.
Hoy descansan en esta columna los chorizos de la política. Digo en esta columna. Porque seguro que en su habitual y bucanera podredumbre no descansan nunca. Tampoco en los veranos. Tampoco.