VICENTE AUPÍ
Lo ha recibido media humanidad: un mensaje de correo electrónico que circula desde hace algunos meses con insistencia nos anuncia que, a finales de este mes de agosto, Marte ofrecerá un grandioso espectáculo y se verá en el cielo tan grande como la Luna llena. Me lo siguen preguntando decenas de personas, convencidas muchas de ellas de que el fenómeno es inminente. Pero no hay nada de eso; Marte no sólo no se verá tan grande como la Luna este mes, sino que eso no sucederá nunca. Es más, el planeta rojo está ahora en sus fechas de menor brillo, porque se encuentra muy lejos y, aunque anda por ahí arriba, resplandece únicamente como si fuese una estrella del montón.
Una lástima, pero semejante espectáculo no forma parte de nuestro cielo. En realidad, no se trata de una mentira, sino de un error encadenado y multiplicado por la red de redes, como cuando le contamos a un vecino que ayer hizo mucho calor y al cabo de un par de días escuchamos que se superaron los 50 grados. Todo comenzó en el año 2003, cuando Marte alcanzó una de las posiciones más favorables para su observación desde la Tierra en muchas décadas. Aquel año, el planeta rojo se aproximó a sólo 56 millones de kilómetros y los telescopios permitieron observar numerosos detalles de su superficie. En el cielo, a simple vista, brilló tanto como Júpiter, destacando más que cualquier estrella. Sin embargo, ni siquiera aquella vez pudo verse como la Luna llena. De hecho, sólo el Sol y la Luna podemos contemplarlos a simple vista con un diámetro apreciable, pero esto no es factible a ojo desnudo para ningún planeta, ni siquiera en las épocas más favorables. Para ver detalles en los planetas son necesarios al menos unos prismáticos potentes o un telescopio, a través de los cuales se ven como pequeñas bolas con algunos rasgos superficiales. En el caso de Marte, eso sucede cada dos años aproximadamente, cuando entra en oposición (el lado opuesto al Sol en el cielo) y se aproxima lo suficiente para que los telescopios nos muestren sus casquetes polares y algunos de sus accidentes más notables como Syrtis Major o las tormentas de arena que sacuden su superficie de vez en cuando. Pero ahora Marte está a 250 millones de kilómetros y no sólo no vemos nada a simple vista, sino que incluso con los telescopios resulta difícil distinguir algún detalle.
Son las cosas de internet. Alguien se sobrecogió en el año 2003 con la información sobre Marte y entendió mal los datos comparativos que se usan para explicar el tamaño aparente de los planetas vistos por el telescopio. Creyó posible que el planeta rojo sea vea com o la Luna en los momentos más favorables y, por razones desconocidas, el mensaje se ha seguido propagando hasta la fecha. Internet ha hecho el resto. Pero, aunque nada de eso sea cierto, hay algo que sí: el influjo que a lo largo de la historia ha tenido Marte sobre la humanidad. Ningún otro planeta nos ha fascinado tanto, y eso explica que errores como el que nos ocupa tengan tanto impacto y tanta difusión. Aunque no lo vayamos a ver tan grandioso y estos días de verano Marte ande perdido entre las estrellas, nos encontramos en uno de los momentos más singulares de la historia de sus observaciones. Siguen acumulándose datos, evidencias y certezas que apuntan a un Marte más propicio para la vida de lo que creíamos.El agua, para sorpresa de muchos científicos, ha sido el protagonista de los hallazgos de las últimas sondas espaciales enviadas allí, y quizá en los próximos años nos llevemos más sorpresas.
Entre tanto, ya que Marte anda bastante apagado, estos días recomiendo dirigir la mirada hacia Júpiter y Venus. Por supuesto, no se ven como la Luna llena, pero Júpiter está en un momento espectacular, que se presta a mirarlo con unos prismáticos apoyados sobre una base sólida para que la imagen sea estable (un trípode, una mesa). Está al sur-sureste a medianoche, y con los binoculares podremos ver sus principales lunas. Y al amanecer, Venus, el Lucero del Alba resplandece al este.