Sin novedad

 
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José Cavero

Sin olvidarse de la trama Gürtel-Correa, ni del futuro político de Camps-Rajoy, el mes de agosto avanza sin excesivos asuntos novedosos, pero recurriendo una y otra vez a los de siempre: el insólito gobierno vasco, PSE con apoyo externo del PP, que empieza a plantearse cómo desarrollar o completar los contenidos del Estatuto de Guernica; las sorprendentes acusaciones del PP, por boca de Cospedal, Arenas, Mato y Trillo, de que se emplea al Estado para combatir y destruir al primer partido de la oposición mediante el uso de escuchas telefónicas ilegales, las escuchas y espionaje de altos cargos de la Comunidad de Madrid, el nuevo informe sobre la tragedia de Spanair en Barajas, al cumplirse un año de aquella confluencia de errores profesionales y desprogramaciones de los fabricantes del aparato...
Y en fin, las nuevas presiones que aparecen ante la que, vuelve a sospecharse, tendría que ser inminente sentencia del Constitucional sobre el Estatut catalán. Con unas pocas horas de diferencia, han intervenido sobre este asunto pendiente, muy pendiente, tanto el ministro Caamaño como el vicepresidente de la Comunidad catalana, Josep-Lluís Carod. El primero, expresó su propia zozobra ante la tardanza de este concreto, y trascendente, trámite del TC. Caamaño conoce bien el texto, en cuya elaboración final
—aquel «cepillado» del que habló Guerra— participó, y no vislumbra eventuales complicaciones. Pero es evidente que las ha habido y las sigue habiendo, de otro modo, no se habrían tardado tres años de debates, deliberaciones y elaboración de textos alternativos y se sentencias interpretativas. Se ha explicado repetidamente que una sentencia interpretativa sería el equivalente a una sentencia contraria a un articulado concreto. Si los jueces del Constitucional están convencidos de que un texto concreto debe decir algo distinto a lo que dice, sería absurdo que mantuvieran la redacción inadecuada para explicar a continuación lo que de verdad debe entenderse..., y no se entiende. Es la ventaja que está teniendo el trabajo de los magistrados del TC: que de antemano conocen con precisión las reacciones que merecerá su sentencia final. De hecho, han tenido multitud de oportunidades para elaborar, reelaborar, escribir o reescribir esa tan esperada sentencia.
En cuanto a Carod, pretende que esos diez hombres buenos del TC no tengan la tentación o se vean obligados a rebajar contenidos del controvertido texto. Es, pues, una decidida pretensión de ejercer la influencia que esté en sus manos, que no parecería excesiva salvo que consiga la pretendida unidad de todos los catalanes. Es evidente que la impaciencia ya alcanza a todos. No se sabe si también a los magistrados obligados a vigilar y defender las esencias de la Constitución. No nos consta...

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