Hay que ver la sociedad llamada occidental cómo enciende las alarmas cuando se ve amenazada. Basta una gripe con apellidos renovados para que las instituciones al uso se pongan en marcha, los protocolos reinen por doquier, aparezcan las vacunas y se trasmitan mensajes tranquilizadores para que no se altere el orden establecido. Y está bien. Eso sí, nos prohíben besarnos, lo cual puede resultar peor que contagiarse con el temido bichito. Bien distinto es si la situación afecta a terceros, entonces los protocolos se diluyen y las miradas disimulan. Si es el tercer mundo, triste denominación jerárquica, el que está afectado por el hambre, ese virus que mata a millones al año y cuya vacuna tenemos al alcance de la mano, entonces no hay pandemia, no hay alarmas, la sociedad occidental no se moviliza, lo tolera, no son de los nuestros las víctimas, ni están en nuestras estadísticas.
Y, mira por dónde, son los no políticos, los no gubernamentales, los no responsables de los hechos los que saltan al ruedo del compromiso y renuncian a lo suyo para ayudar a los terceros en un orden de mundos en el que no hay podio, solo hay premio para el primero.
El nuestro es ese otro mundo basado en las pertenencias, el consumo y las vacunas. Ese otro mundo que solo comparte lo roto, lo viejo, a veces ni eso. Un mundo primero, líder, que elude su responsabilidad con cualquier otro, llama pandemia a sus enfermedades y crisis a una situación en la que los de siempre no ganan lo que soñaban ganar.
Poco nos importan esos otros mundos que siempre están en crisis y tienen pandemias crónicas que po-dríamos resolver. Son invisibles y solo reconocemos su presencia cuando las pateras llaman a nuestras puertas amuralladas. No hay vacuna contra el hambre en las farmacias, ni contra las guerras, ni contra los refugiados que deambulan con sus vidas metidas en un fardo que cuelga a su espalda. La vacuna está en otro sitio, en la conciencia, tal vez, pero la negamos.
Alguien, más allá de planes de choque y protocolos, debería estar pensando en el futuro, en una sociedad del XXI más justa y sin terceros. Alguien debería investigar en la vacuna contra la insolidaridad y la avaricia, que son pandemias graves que se extienden con rapidez. Tal vez así empezaríamos a resolver la verdadera crisis que nos ahoga.