No me gusta hablar de lo que dicen otros medios u otros colegas que comentan lo que ven y lo que no ven. Esta columna se forjó hace tiempo como lo que es hoy, unas líneas que hablan de lo que sale por la tele, lo que aparece en la pantalla, unas veces adornadas con pellizcos de una realidad tangencial a la programación, y la mayoría con contenidos de ella. Digo todo esto porque desde que el Gobierno aprobó la llamada TDT de pago se oye, se lee, y se ve en la oferta radiofónica, de prensa, y de televisión del emporio de Prisa un clamor de fin del mundo, como si el humo de las candelas sólo anunciara el apocalipsis. La empresa ha puesto el grito unánime en su cielo, amenazado. Que no puede ser, que no corría prisa, que se aprueba la ley cuando la gente no está en lo que está, que se paga a los amigos, es decir, a La sexta. ¿El negocio? El fútbol.
Y es cuando uno, que apenas sabe de qué están hechas las empresas, quién las conforma, y qué hilos mueven, salta como Norma Duval, aquel referente del PP cuando apostaba por intelectuales de primera, si le nombran a Marc Ostarcevic, encantado de volver al ruedo de la tele gracias a su despechada ex. Alucino. Si uno se informara sólo en los medios de Prisa, El País, la Ser, Cuatro, CNN+, entendería que esta ley es el sin dios democrático, el reflejo de que el Gobierno de Zapatero sólo legisla por amiguismo, y los de Mediapro, que ya emiten en TDT con la marca Gol TV, los panza llena más agradecidos. Pensemos que fuera así. ¿Por qué ahora no vale lo que antes sí valió para Prisa, o no recuerdan que Canal+ pasó a emitir en abierto por una ley similar? ¿Es que Aznar no llenó las ondas de canales amigos? Eso es lo asqueroso, que sea norma.