La Ley de Memoria no lo dice pero podría haberlo dicho. Si según su articulado hay que arrumbar los símbolos franquistas, habría de ser posible la recuperación de los símbolos republicanos que el franquismo hizo desaparecer después de su victoria. Uno de esos símbolos es la Copa de la República que el Levante conquistó el 18 de julio de 1937. Fue en el campo de Sarriá, en Barcelona, y la final se la ganaron los granotas al Valencia por 1-0. Cuando acabó la guerra ese triunfo pasó a la clandestinidad. El trofeo está en las vitrinas del club pero sin la etiqueta oficial correspondiente. Esa etiqueta se la tendría que haber puesto la Real Federación Española de Fútbol.
Hace dos años el Congreso de los Diputados dio vía libre para que la entidad que dirige ese fachorrón sibarita llamado Ángel María Villar reconociera el título brillantemente ganado por el Levante. Pero como si oyeran llover. Ni caso. La República sigue siendo la bicha para mucha gente. Y un galardón que lleva su nombre tampoco es santo de la devoción de muchos de los dirigentes futbolísticos que vienen de los coros y danzas del sindicalismo fascista. Ya ven ustedes qué diferencia con lo que le sucedió felizmente al Sevilla en 1939. El equipo andaluz le ganó la final de la Copa del Generalísimo al Rácing de Ferrol en el mes de junio de aquel año, celebrada esa final en lo que se llamó entonces la España liberada. Y la Real Federación Española de Fútbol sí que ha aceptado oficialmente este último título. Cosas de la vida.
El próximo septiembre se celebra el centenario del Levante. Cien años de saborear triunfos y sufrir alguna que otra bajada a los abismos, de dar la matraca para que los poderes públicos no olviden que en la ciudad de Valencia hay otro equipo de fútbol de gran categoría que no debería ser eternamente el hermano pobre de la familia. Cierto que en este club se han cometido errores a mansalva, que algún que otro fantoche se ha erigido en mandamás de una institución que se merece algo más limpio que la catadura moral de ese común de impresentables. Pero de eso hay en muchos sitios: miren si no al otro equipo de la ciudad, ese Valencia que sigue debatiéndose entre la posibilidad de ser un club grande o una birria que avergüenza cualquier sentido de la decencia institucional y deportiva. La Copa de la República significa el orgullo de un colectivo de futbolistas que hicieron del Levante una formación ganadora en tiempos duros para la esperanza: Valero, Olivares, Calpe, Agustín Dolz, Calero, Rubio, Puig II, Nieto, Martínez-Catalá, Gaspar Rubio y Fraisón. Esa fue la alineación de aquel partido. Luego, la esperanza en un tiempo mejor se perdería del todo. El horror de la guerra sería sustituido por el horror de una victoria que no se lo pensó dos veces a la hora de montar fusilamientos a destajo y de borrar del mapa cualquier vestigio republicano. La Copa de la República la ganó el Levante con legitimidad aquel mes de julio de 1937. Y se merece que sea reconocida por las autoridades deportivas españolas con mayor razón democrática que la que se reconoce en la del Generalísimo obtenida por el Sevilla dos años más tarde.
La Ley de Memoria sirve para bien poco. Los juicios sumarísimos que condenaron a miles de personas de izquierdas después de la guerra siguen sin ser anulados Los símbolos franquistas continúan la mayoría donde siempre. Y los símbolos republicanos también siguen donde siempre: desaparecidos, casi en la clandestinidad, sufriendo en su silencio vergonzoso esa obscena procacidad de lo invisible. Los cien años del Levante bien podrían celebrarse levantando en el aire aquel viejo trofeo del año 37. Eso sí: luciendo orgullosamente la etiqueta oficial de Copa de la República. Sería hermoso el acontecimiento, ¿no? Claro que lo sería. Claro.