Lo que son las cosas, aún no ha llegado el otoño y ya lo están calentando a fuego rápido. Y es que resulta fácil sembrar la confusión y luego tirar mano de la dignidad. El panorama se caldea con dos escenarios, como diría un periodista. Uno que habla de una persecución imaginada, de la cacería hasta el exterminio de la oposición, del espionaje; si no, dicen sus defensores, a qué viene tanta detención, tantos casos abiertos. Y meten en el mismo saco a jueces, policía y gobierno. El otro escenario habla de poner al descubierto los abusos de las mayorías absolutas de ayer, y algunas de hoy, esas que han llevado a ciertos personajes a pensar que todo el monte es orégano, que ganar las elecciones supone licencia para abusar y legitimar cualquier acto, por turbio que sea. Ese abuso tarda en descubrirse, es verdad, pero acaba saliendo a la luz y los ayer poderosos, con bigote y todo, acaban siendo sospechosos de lo que muchos ya sospechaban. A eso viene tanta detención y tantos casos abiertos.Son dos escenarios, usted pueden creer el que quiera, pero no se olvide de las pruebas porque, la justicia aunque es lenta, y a veces titubeante, cuenta con procedimientos que nos dan a conocer datos, conversaciones, componendas, amistades, que son un espectáculo, nos sonrojan y nos permiten una opinión fundada.
Mientras, los terroristas siguen su torcido camino sin retorno y la gente de bien no para de insultarles llamándoles hijos de puta, lo cual no entiendo, porque siempre acaban pagándolo las mujeres, las madres y las putas, ya ven. Para cuando un insulto acertado, que el diccionario está lleno. Y dejemos al margen de los improperios al oficio más antiguo del mundo y, por supuesto, a la maternidad. En cuanto perdemos los nervios, nos sale el machismo por los cuatro costados; aunque pasen los años, aunque haya un ministerio que se dedica a lo contrario. La verdad es que es una palabra mágica. De pequeño, fui a buscar su significado en el diccionario, porque sospechaba que era algo que no se podía preguntar por ahí. La respuesta de aquel grueso tomo con la «P» en el lomo fue: ramera, lo que me dejó desilusionado. A lo mejor ahora lo entiendo porque el personal la usa cuando se va por las ramas y no quiere llamar a las cosas por su nombre. Los que delinquen pueden ser criminales, canallas, asesinos, homicidas, allá cada cual. Pero creo que, aunque siga el terror, las madres y las putas nada tienen que ver en ese escenario.