CIPRIANO TORRES
El lunes 31 de agosto volvió la matraca. Ya asoma por la lontananza Lola González, la mujer rígida, la profesora ogro, el tormento de Cuatro. Aún no hemos logrado borrar sus hieráticas monsergas a los que aspiran a la fama del baile, cuando la cadena ya dispone de material aún no cocinado con nuevos aspirantes, que a trozos, en dosis diarias, servirá como aperitivo. Chicos y chicas, os espera la Fama, ¡a bailar! El hervidero de los foros vaticina lo que uno viene diciendo desde que el programa, para estirar el formato, hizo de él una presencia que atosigó a la audiencia. La cadena, creyendo que sus cebos son los adecuados, anuncia que la nueva temporada de Fama, es decir, la tercera o más en el mismo año, será la bomba porque no sólo regresa Rafa Méndez -¿es que se fue?- sino que el programa vuelve, atención, a los orígenes.
Hasta los seguidores más fieles echan pestes, acosados a todas horas por los bailarines, por las pruebas, por los profesores. Han banalizado una buena idea. Han caído en lo que tanto se critica a Telecinco, armar su programación con restos del desayuno, comida y cena de sus concursantes, esparcidos en diferentes jaulas, desde Supervivientes al más que devaluado Operación Triunfo. Y cómo no, a sus particulares guerreros de terracota que también asoman la patita por las cortinillas de la cadena acompañados de la música que identifica el pudridero de Gran Hermano 11. Once años ya. Al final va a tener razón Mercedes Milá y alguien deberá estudiar el experimento sociológico, pero no en aquel lado de la pantalla, pura mierda, sino en éste, donde los comedores de excrementos se ponen hasta el culo, y tan felices. Enhorabuena a los coprófagos.