De viaje, hace unos años, por un par de países del sureste asiático vi que en ambos había elecciones –no sé de qué ámbito, no entendía ni el alfabeto– y los caretos que contemplé en los carteles me parecieron los propios de una cuadrilla de salteadores de caminos con algo de facinerosos. Un problema de distorsión o alejamiento cultural, sin duda ¿Les pasará lo mismo a los turistas chinos o camboyanos, por poner un ejemplo, cuando vean a nuestros candidatos lucir su sonrisa panorámica en una valla publicitaria de diecisiete metros? Tal vez sí aunque, no crean, el maquillaje hace milagros, incluso Abel Matutes y José Luís Corcuera llegaron a parecer ministros. En poder de mi niña obran dos fotos, entre otras imágenes comprometedoras, en las que aparezco leyendo el ABC a la ida y a la vuelta de nuestro veraneo en La Coruña: con desvergüenza, pertinacia y absoluta falta de arrepentimiento.
Me encanta el ABC por los artículos católicos de Prada —ahora que no voy a misa— y por los comentarios de música pop, ya ven. En el número de la vuelta me encuentro, por dos veces, a la vice doña Teresa Fernández de la Vega fotografiada en bikini, una forma de redundancia incompatible con el manual de estilo de cualquier periódico y puede que hasta una forma de ensañamiento, cuya utilidad informativa, instructiva o recreativa se me escapa, salvo el hecho obvio de señalar que la emperadora va (casi) desnuda.
La política democrática es compatible con todo, incluso con la excelencia de algún político. Algunos de los periodistas más inteligentes que he conocido trabajaban en la sección de Política y, nada sorprendentemente, en Deportes. Un análisis político, libre de querencias y fobias, es tan delicado y preciso como la cirugía ocular. Santa Lucía nos conserve la vista para no permitir que se nos escapen tan beneficiosos mirlos porque la política lo admite todo menos la seriedad, que es lo que más exhiben la mayoría de políticos como mera prolongación del traje gris marengo casi siempre pagado por otros.