Ya están todas, todas menos la tardía Concha García Campoy, que pierde ripio en una temporada madrugadora, aún estival. Recuerdo cuando las damas de la mañana se ponían el delantal casi a mediados de setiembre. Tanta holganza pasó de moda. Ayer, sin contar con Mariló Montero, que va perdiendo fuelle en La mañana de La Uno desde el mismo día que estrenó el programa, irrumpieron las dos leonas que saben que el pulso es entre ellas. Para que no quede duda, suprimida La mirada crítica y por ahora congelada María Teresa Campos, que el sábado recibe un homenaje en el primer Festival de Televisión de Vitoria, Ana Rosa Quintana aparece a las nueve en punto de la mañana, justo cuando lo hace Susana Griso, que apenas ha retocado nada de su Espejo público, ni el plató, ni el esquema, ni su paso de puntillas por la sección política.
Tampoco la reina de Telecinco se ha comido mucho la cabeza. La novedad, aunque mi corazón no sintió nada especial, la presencia simpática de Federico Jiménez Losantos en la madrugadora cita con la actualidad del que te pego, leche, entre PSOE y PP. O sea, más de lo mismo. Pero tanto la señora Griso, con la que sigo teniendo el problema, o tal vez la ventaja de no entender la mitad de lo que dice, como la señora Quintana, lo que les pone de verdad es la parte del sumario que llega después, es decir, las secciones de los siniestros Albert Castillón y Nacho Abad, los del crimen, violaciones, secuestros, y desgracias incesantes. Ayer, la risueña Griso mantuvo un bucle de imágenes durante diez minutos para hablar de cogidas con muerte por asta de toro. Acabé memorizando el montaje. En resumen, lo que nos espera es espeso, zafio, grasiento, vulgar y aburrido.