Me he puesto a buscar piso, pero no crean: peor es meterse en reformas. La búsqueda estaba prevista, pero no me podía imaginar que su inicio coincidiría con un hallazgo casual —la casualidad no existe— a las puertas del Colegio de Arquitectos de Valencia. En ese digno inmueble de la calle Isabel la Católica y sin duda a causa de la molicie inducida por las altas temperaturas y el éxodo general de los urbanitas, en ese inmueble, digo, hay una especie de mondongo adjunto a la fachada, revestido de piezas cerámicas una parte de las cuales estaban por el suelo cuando pasé por allí hace unos días. Tengo las fotos en el móvil. Luego creí ver que los espacios que habían perdido la cerámica habían sido embellecidos por algún grafitero con cierto gusto para la técnica puntillista. Un examen más atento revelaba que esos puntos eran de un pegamento que se había revelado no del todo eficaz. Sería injusto culpar a los arquitectos por todo esto que pasa, en general, pero quizás fuera imprudente exonerarlos por completo. Ya conocen los nuevos mandamientos de la ley a comienzos del siglo XXI en este país tenido por católico: Tente mientras cobro y Toma el dinero (y los trajes) y corre. Para que vean la naturaleza móvil, cambiante y coloidal de nuestros afanes, reparen en que los gobiernos (de la Nación y la Comunidad) han sido capaces de subvencionarnos la compra de coches —cuyo destino es la devaluación imparable—, pero no han echado ni una manita a los hipotecados, pese a que los hogares son de natural mucho más ahorrador: acumulan trastos y gentes (y animales) más allá de toda utilidad conocida. El arquitecto y músico (y amigo) Toni Picazo, cuando aceptó, en fecha lejana, el encargo de reformar el piso que me había comprado en Velluters me dijo a modo de ominosa premonición: «Bienvenido al proceloso mundo de los patios de vecindad». Ahora lo que me acongoja no es dar con el piso apropiado, sino habérmelas con según qué vecindarios, trato de leer signos en los muebles que se exhiben en las páginas web. Les contaré.