El gobierno colombiano ha reconocido de manera oficial que su presidente, Álvaro Uribe, sufre la gripe A. Parece que el virus H1N1 se le pudo contagiar durante la cumbre del Unasur. De inmediato la noticia ocupó los titulares de los distintos medios de comunicación. La pregunta es por qué. Que el presidente de un país quede de baja por enfermedad es algo que supone un cierto trastorno para la vida política del Estado en cuestión pero el aparato político-administrativo suele estar preparado de sobras para afrontar una contingencia así. Dejando de lado las dictaduras en las que basta con que el sátrapa se vaya de viaje como para que se activen los tambores llamando al golpe militar, daría un poco lo mismo que la cumbre en la que se contagió Uribe hubiese durado el tiempo que le va a tener apartado de su despacho. Ni hay conspiraciones en marcha, ni faltan los medios como para que, de ser necesario, el presidente intervenga ya sea de cerca o de lejos en la toma de decisiones. ¿A qué viene, pues, el bombo que se le da a su gripe?
Quizá la respuesta esté en esa idea romántica del poder como aura de divinidad que todavía mantenemos. Por más que los presidentes hayan dado ya pruebas sobradas de que son humanos, en el peor sentido del concepto, se les sigue teniendo por seres que están en cierto modo más allá del bien y del mal. Por absurda que sea esa superstición, se aplica incluso a los ministros y, de ahí hacia abajo, incluso a los restantes peones de la maquinaria estatal. Me temo que la enfermedad de Uribe va a tener secuelas. Me refiero a los usos de las cumbres y, en concreto, a sus efusiones. Se supone que todos los presidentes, primeros ministros y jefes de Estado, al margen de sus diferencias ideológicas y sus respectivas cuotas de influencia y poder, son colegas que se ponen muy contentos al reunirse en santa compaña. Se palmean los hombros, se estrechan la manos de manera firme y decidida, se abrazan y, en ocasiones, llegan a besarse. El riesgo de terminar con gripe debería llevar a que tales alegrías se moderen siguiendo la pauta anglosajona de la distancia personal inviolable. Dicen los expertos que el beso es la vía de mayor riesgo para el contagio del virus N1H1. Con los presidentes ya humanizados, la advertencia se vuelve vigente. Estén al tanto de los telediarios. Si en la próxima cumbre desaparecen los besuqueos y las palmaditas, den por cierto que una parte considerable del aura del mando y ordeno habrá desaparecido ya.