Me encanta pagar a Hacienda, es decir, me encanta pagarme a mí mismo, porque la hacienda pública somos todos. Cada vez que en mi nómina, o en una factura por colaboración, veo aplicada y descontada la retención correspondiente al total de mis ingresos, me siento feliz. Porque gracias a mi pequeña aportación puedo viajar en AVE, conducir por carreteras seguras, saber que mi país tiene sanidad pública, universal y gratuita (gracias, Ernest Lluch) y de las mejores del mundo. Porque también gracias a mi pequeña aportación, las personas dependientes pueden recibir algún tipo de ayuda que antes no tenían, y los que se quedan sin empleo, un subsidio y una pequeña ampliación del mismo. Porque asimismo, gracias a mi pequeña aportación, las fuerzas armadas españolas contribuyen a la paz. Y, además, si me comparo con un sueco, un alemán, un francés o un holandés, resulta que pago menos impuestos que ellos a pesar de recibir del Estado iguales o mejores prestaciones.
Ahora que se ha abierto el melón de la subida de impuestos, eso sí, coyuntural, como dice ZP, algunos deberían pensar en lo antedicho antes de emitir solemnes y encendidas opiniones en contra. Porque es evidente que no se deben gravar más las rentas por trabajo: ahí está el cogollo de la mal llamada clase media y del electorado socialista, señor Blanco. Hay que buscar en otros caladeros: primero, los que defraudan, que todavía supone un 20%, según nuestra eficaz y profesional Agencia Tributaria; después, los patrimonios que ganan mucho y pagan proporcionalmente poco en relación con los asalariados. ¿A qué no costaría nada desprenderse de un par de yates, de dos o tres aviones privados y de no sé cuántas fincas innecesarias, o pagar más por poseer todo ello, bienes improductivos y poco generadores de empleo? Los apellidos son conocidos: aplíquese la receta.