Con la economía más vapuleada que Bruce Willis al final de La jungla de cristal (VIII) y no se le ocurre a Pepiño Blanco otra cosa mejor que reabrir el debate de la fiscalidad. Menos mal que el Gobierno tiene doble alma y disimula las ventosidades que se le escapan silbando un poco más fuerte. El presidente Zapatero, en concreto, siempre silba la misma: «Somos novios/ mantenemos un cariño/ limpio y puro.» Es decir que sólo se aumentará la presión sobre las rentas del capital y no sobre las del trabajo.
La fiscalidad progresiva era una terapia de corrección del capitalismo que, por lo visto, nació con la columna desviada, pero ahora no sé lo que es y, en confianza, tal vez nunca fue lo que era. Si quisiéramos hacer algo de provecho por el capitalismo (ya que, al parecer, el socialismo no se deja, el caso es hacer algo) tendríamos a la Marina tomando algunas islas del Caribe (o, al menos, conquistaríamos Andorra con el regimiento de Jaca), donde se refugia el dinero que no tributa. O realizaríamos algunas ordalías públicas para emplumar a los banqueros que cometieron la negligencia, algo criminal, de prestar sin garantías o estimular los timos piramidales. Ya ven que no ocurre nada de eso y que no nos dan la alegría de una víctima a la que escarnecer, por tanto no hay voluntad de enmendarse.
En la Edad Media no tributaban ni el clero ni la nobleza (incluso encontraban el modo de cobrar sus propios arbitrios al margen del Estado). La Iglesia, esto, ejem, ha demostrado una notable capacidad de pervivencia y ahora no hay otra nobleza que la de la pasta. Y la pasta no paga, cobra: es el secreto de su acumulación (en pocas manos).
El dinero grande es siempre el que más fácilmente se cuela desafiando todos nuestros conocimientos acerca de la conducta de membranas y cedazos. Aquí hay, sin duda, un prodigio permitido por la divina Providencia. No se crean lo que dice el Gobierno (ni, mucho menos, crean a la oposición). Con los años que hace de la Edad Media y aún no hemos llegado a la Edad Entera.