El otro día escuché en la radio a una oyente que criticaba con dureza al presidente del Gobierno. Le responsabilizaba de la crisis (la peor de toda Europa), de la gripe A (la peor de toda Europa) y de la situación de los jubilados (la peor de toda Europa). Motivos para estar enfadada, la buena mujer los tenía todos: sus nietos estaban en el paro después de haber estudiado una carrera, una vecina tenía la gripe y ella no sabía qué hacer si se la encontraba en el rellano y aunque se había pasado toda la vida trabajando como una negra cobraba una pensión que no llegaba a los cuatrocientos euros al mes. Lo digo sin coñas: la pobre tenía para quejarse. Ahora bien, de ahí a culpar a Zapatero de toda su (mala) situación, pues va un trecho. Que aguantar las críticas le va en el sueldo, ojo, pero si ella cobra trescientos euros quizás algo de culpa también la tengan gobiernos anteriores.
El caso es que la mujer se quejaba de que con ese dinero no tenía para irse de vacaciones y proponía que Zapatero y su mujer ofreciesen a todos los españoles las instalaciones del palacio de La Mareta, que es donde ellos han pasado las suyas. Decía la oyente que ya que el palacio era de todos, lo más natural era que lo disfrutaran todos. A mí me pareció que esta señora no era votante de izquierdas y me dio la sensación de que si el presidente del Gobierno hubiese llevado bigote no le hubiese pedido las llaves del chalé ni le hubiera afeado que en lugar de irse a una casa que era de todos se fuese a la de un empresario particular.
Es lo que tiene la democracia, que cada uno hace y dice lo que quiere y veranea donde le da la gana. La cuestión es que la mujer se fue indignando cada vez más, y como el presentador del programa le daba cancha, acabó confesando que no le gustaban ni Zapatero ni Sonsoles, así que de todas formas ella no pondría un pie en La Mareta ni por todo el oro del mundo. A mí, que conducía mientras escuchaba la radio, me dieron ganas de parar y de llamar por teléfono para contarle que la cosa podría ser mucho peor si en lugar de ser española fuera japonesa y tuviera que vérselas con el nuevo presidente, Yukio Hatoyama, y con su esposa, Miyuki.
Digo yo que los japoneses estarán contentos con esta mujer que asegura en un libro que ha sido abducida por unos extraterrestres que la llevaron a Venus en un ovni triangular y que cuenta en entrevistas por la tele que por las mañanas se come el sol a bocados porque le da mucha energía y, lo que es más importante, que su marido, el futuro primer ministro de Japón, la comprende y la apoya. Ella dice que cuando le explicó a su primer esposo que acababa de llegar de Venus, el buen hombre le contestó que lo habría soñado, pero afirma que si eso volviese a pasar, Yukio no sólo la creería sino que le diría que había sido fantástico.
Seguramente cuando se comente esta noticia en la radio, habrá quien llamará criticando la influencia que esta mujer tan lunática pueda tener en un líder mundial, pero a mí, qué quieren que les diga, me parece que tener al lado a una señora así, soñadora y divertida, debe generar mucho más buen rollo que tener junto a ti a alguien que sólo quiere que las peras estén con las peras y las manzanas con las manzanas. Se pongan como se pongan los oyentes de la radio.