Me uno a la sospecha de medio fraude con el que Bear Grylls, el hombre de moda, casi encandila a la audiencia que sigue con asombro sus espectaculares supervivencias. No le quito cojones a sus heroicas aventuras. Pero desde que lo vi la primera vez no podía quitarme de la cabeza que el atrevido personaje estaba al servicio de un dios que exige lo que él ofrece, espectáculo, exageración, manipulación si engrandece al guión, mucho teatro, y procurar que el plano que ve el espectador esté acotado, es decir, sólo se puede ver el peligro teatralizado. El tipo que sueltan desde un helicóptero en mitad de la nada cae a cauces de aguas torrenciales, pero tal vez al lado, justo al lado, hay recovecos de arena con cuerdas dispuestas por si algo falla, y si va al desierto para abrir en canal a un camello muerto y beberse el agua del estómago, seguro que el animal acaba de morir. El afamado ex militar se pavonea ante una falla entre rocas que sin una acuciante necesidad se empeña en saltar, una boca sin fondo que de ser engullido sería su tumba. Al fin cruza la terrible grieta jugándose la vida al caminar sobre unas losetas suspendidas sobre el vacío. Pero… La cámara que graba se gira y nos enseña lo que no debíamos ver, que a pocos metros la grieta termina y empieza el suelo llano, y más, a un centenar de metros, plácidos, los coches transitan o aparcan en algo que parece un destino de fin de semana. Bear Grylls ha estafado a la audiencia porque su intención era hacerle creer que se jugaba la vida cuando en realidad, al menos en el vídeo colgado en YouTube, El último superviviente sólo es un jeta. ¿Vieron el vídeo de Mariano Rajoy despidiéndose del verano en la playa? Pues corría más peligro. Y la audiencia también.