El PP celebra a bombo y platillo el caso Gürtel. Desde hace meses los pasillos de la justicia se llenan con los nombres de personajes ligados al Partido Popular. Entre esos personajes hay cuatro que nos caen cerca: Francisco Camps, Ricardo Costa, Víctor Campos y Rafael Betoret. Todos ellos fueron tratados a cuerpo de rey por sus amigos del Tribunal Superior de Justicia. Ahora les espera la decisión del Tribunal Supremo. A ver qué pasa entonces. Al menos espero que se lean todos los papeles y sean más pulcros en los análisis de las pruebas que lo han sido sus colegas valencianos, con el amiguísimo De la Rúa a la cabeza. Pero de momento, Mariano Rajoy se viene a Valencia para montar por todo lo alto un homenaje a los cuatro encausados. No sé si será como una medida de presión al Tribunal Supremo. No sé si será para seguir pagando el peaje de la ayuda que Camps le brindó para su lanzamiento a la presidencia en el último congreso del partido. No sé si será simplemente porque a Rajoy y los suyos les importa un pito la dignidad democrática. Seguramente es esto último lo que les ha movido a organizar un sarao que en buena lógica debería llenarles de vergüenza.
Escribo estas líneas dos días antes de que se celebre la famosa cena anunciada en la plaza de toros. No sé si como colofón habrán preparado una sesión de varietés, una capea, tal vez una chirigota carnavalera ataviada con sombreros y trajes a rayas como los que luce Al Capone en las películas. Igual, para más recochineo, los cuatro tíos de Forever Young se enfundan en los tejidos regalados por la trama corrupta firmada esta vez por su amiguito del alma Álvaro Pérez, alias El Bigotes para la familia.
No son buenos los tiempos que corren para la decencia política. La ideología se fue desagüe abajo, como los excrementos, después de tirar abruptamente de la cadena de la historia. Lo que principalmente ha puesto de manifiesto el caso Gürtel con la sentencia de Valencia es la debilidad del Estado democrático en uno de sus pilares fundamentales: la justicia. Y aún más. Como decía Antonio Machado en boca del maestro Juan de Mairena a sus discípulos: En toda catástrofe moral sólo quedan en pie las virtudes cínicas. No sé cuáles serán las palabras de los oradores en la cena: pero puedo adivinarlas sin equivocarme un pelo. Cuando salga esta columna de domingo ya habrán dado buena cuenta de ello los periódicos, las emisoras de radio, todas las televisiones (sobre todo Canal 9: en nada cambiará ese engendro con la nueva dirección). La primera página de los diarios habrá sido ocupada por la fotografía de una plaza a rebosar, como si toreara José Tomás, el torero, claro, no el sastre que cosía las vestimentas regaladas a los homenajeados. Pero también en esos diarios habrá aparecido, en medio de la noticia de la cena, la palabra maldita y extranjera: Gürtel.
Y es que ya pueden disfrazar la cosa como quieran, ya pueden reventar de éxito en las próximas elecciones autonómicas, ya pueden considerarse a sí mismos los reyes del mambo, pero la sombra del caso Gürtel no se la espolsarán de encima así que pasen cien años, ochenta más que en el tango de Gardel y Alfredo Le Pera. Aunque Francisco Camps ganara las próximas elecciones hay algo que él sabe y lo sabemos todos: siempre será el presidente de los trajes. Como en los versos de Quevedo: érase un hombre no a una nariz sino a un traje pegado. Ése será su destino en la política y en la vida, qué se le va a hacer. Por eso la cena del PP en la plaza de toros siempre tendrá volando sobre ella una pregunta cargada por el diablo: ¿quién la paga? Seguro que juran desde el partido: a escote. Pero el diablo no se cansa y menos aún cuando lo consideran tonto. Por eso remata su faena en forma de respuesta, con sorna incluida: eso también lo decían ustedes cuando aseguraban que los trajes los pagaban de su bolsillo. Listo el diablo. Listo. Muy listo.