En contra de lo que hubiese cabido esperar de un país tan anárquico y poco dado al sometimiento a las reglas como es el reino de España, el resultado del acoso a los fumadores puede medirse en términos de un éxito considerable. Si bien los bares y los restaurantes suelen remolonear a poco que pueden, nadie fuma en los aviones y, por lo que hace a los aeropuertos, se respetan las zonas acotadas. Ante semejante victoria por parte de las autoridades sanitarias, me pregunto si no habrá llegado el momento de poner en marcha una nueva campaña dirigida en esta ocasión a los teléfonos móviles, incordio capaz de terminar con los nervios de cualquier persona incluso dada en principio al equilibrio. Raro es el lugar libre del maleducado de turno que se empeña, a voz en grito, en hacernos partícipes de una conversación que no nos interesa en absoluto pero nos persigue como si nos fuese la vida en ella. Yendo hacia Ecuador, tuve que aguantar hace poco en Barajas a un pelma locuaz de ese estilo que, encima, no paraba de pasearse para que todos los de la sala de espera tuviesen que sufrir su acoso verbal.
Los aviones se salvan, por el momento, de la peste de los móviles pero el AVE, que parecía la solución perfecta para los viajes por la península, se ha vuelto un suplicio por culpa de quienes atronan con sus charlas a cada momento. Se diría, encima, que el volumen que usan para hablar por el teléfono es proporcional a la banalidad de la charla. Pero ni aun tratándose de un monólogo de Shakespeare sería sufrible el invento. Ya basta.
España pasa por ser el segundo país más ruidoso del mundo después del Japón pero dudo que en el asunto en concreto de la barbarie de los móviles puedan ganarnos los nipones. El tiruliru de las llamadas que, a mayor inri, destroza a veces alguna pieza conocida de Beethoven o de Mozart, suena incluso en iglesias, teatros o cines y, si no revienta ninguna ópera de Liceu o del Teatro Real, debe ser gracias a los benditos inhibidores de ondas. Raro es el restaurante en el que no se nos amarga la comida por culpa de un imbécil en una mesa cercana o lejana, que la voz humana es bien estridente. ¿Costaría tanto hablar en voz baja o, mejor todavía, salir a la calle para respetar a los demás?
Como esa última pregunta es retórica, como estamos lejos de ser un país de ciudadanos educados y, a juzgar por los informes acerca de la enseñanza escolar, nos encontraremos incluso en peor situación en cuanto alcancen la madurez las generaciones siguientes, parece que ha llegado el momento de exigir a las autoridades una campaña similar a la que prohíbe el tabaco en lugares públicos, esgrimiendo idénticas razones acerca de la necesidad de cuidar la salud del prójimo. Pónganse lugares –con muros insonorizados, por favor– donde los adictos a la grosería puedan atronarse los unos a los otros. Prohíbase el uso del móvil en espacios cerrados, fuera de esos recintos. Y múltese a conciencia a quien no sea capaz de entender que la libertad propia termina allí donde comienza la del resto.