El 17 de abril de 1943, el mayor John W. Mitchell, comandante del Escuadrón de Caza 339.º (acuartelado en Trassafaronga, isla de Guadalcanal), recibió el siguiente mensaje: «Washington. Máximo secreto. Del secretario de Marina al jefe Control CazaHenderson. Almirante Yamamoto, acompañado jefe Estado Mayor y siete oficiales generales Armada Imperial salió Truk esta mañana ocho horas visita inspección bases Bougainville a bordo dos Betty escoltados por seis Zeros. Escuadrón 339.º de P-38 debe a toda costa alcanzar y destruir Yamamoto y Estado Mayor en mañana 18 de abril».
Así sucedió. El avión del comandante naval Yamamoto fue derribado. Él y sus acompañantes cayeron en la selva. Sus cadáveres fueron puestos en parihuelas de bambú, trasladados a Bougainville e incinerados. Paradojas de la vida y la historia. Yamamoto no era partidario de entrar en guerra contra los Estados Unidos Había vivido en este país y conocía perfectamente su poder económico, industrial y militar. Sin embargo, impelido por las circunstancias, fue quien planeó el ataque por sorpresa a Pearl Harbour. La magnífica oferta de este diario a sus lectores (Crónicas de la II Guerra Mundial), con material rodado, supervisado o montado por afamados directores de Hollywood, nos ha inspirado este artículo. Estamos ante DVD rigurosos, con mucho trabajo de documentación, análisis histórico, económico, social, ideológico y estratégico.
La primera entrega (La guerra relámpago), dirigida por Frank Capra (el montaje es espléndido), nos sitúa ante las causas de la guerra, su sinrazón y el inmenso sufrimiento de quienes la padecieron. Capra, sin duda horrorizado por la guerra, se vengó después de los nazis, los japoneses y los aficionados al cine con varios merengues: ¡Qué bello es vivir! o Caballero sin espada.
Nos gusta mucho el cine bélico de la Segunda Guerra Mundial. El norteamericano y clásico. Sobre todo, aquellas películas que, paradójicamente, no muestran explícitamente la barbarie del ser humano. Al objeto de que la digestión curse naturalmente, seleccionamos filmes que podrían encajar en los tebeos infantiles de Hazañas Bélicas, dibujados por Boixcar. El hiperrealismo bélico no nos interesa. Queremos ver heroísmos, buenos sentimientos, dureza (no sangrías morbosas a lo Tarantino), sacrificios, amor, solidaridad y compañerismo. Cuanto más nos falseen la verdadera y criminal naturaleza de las guerras, mejor.
He aquí, telegráficamente, algunas películas de cabecera. Almirante Yamamoto (1968), de Seiji Maruyama, fiable biografía y una interpretación memorable de Toshiro Mifune. Ritmo japonés, ceremonioso. La batalla de Inglaterra. Sale el denominado «coro de la belleza», la Fuerza Aérea Auxiliar de Mujeres (WAAF), encargadas de comunicar al mando la presencia de aviones enemigos detectados por las estaciones de radar. «Se creía comúnmente que cuanto más atractivas eran ellas, más arriba se les permitía trabajar en la cadena de mando». (Stephen Bungay, en La Batalla de Inglaterra).
La mejor película de submarinos es Torpedo, de Robert Wise. Extraordinario montaje y foto. La historia de la obsesión del capitán Richardson. No olviden tampoco Objetivo Birmania, admirable narración (estilo documentalista) de Raoul Walsh.
Ni Los puentes de Toko-Ri (reporterismo en la cubierta de un portaaviones), Rommel, el Zorro del Desierto (soberbio guión y James Mason), o en un tono más áspero, El ataque duró siete días (1964), dirigida por Andrew Marton, película saqueada por Terrence Malick en La delgada línea roja (1998). Haya paz.