uando por la mañana te encuentras en el comedor, en una mesa junto a la tuya, al presentador, al actor, al tertuliano, o al ganador de la primera edición de Gran Hermano, la situación es tan prosaica que alcanza la categoría de conmovedora. Cuando llegué el martes al vestíbulo del Gran Hotel Lakua de Vitoria no tuve que mirar a la izquierda para reconocer voces que había escuchado en la radio, en la televisión.
Era inconfundible Pepe Domingo Castaño, hasta por detrás se reconocía el nervio y la profesional sangre del tertuliano Antxon Urrusolo y su necesidad de chupar cámara, de que el objetivo no deje de enfocarlo para que el realizador no deje de pincharlo, incluso por encima, del verbo torrencial de ese señor mayor que de golpe, aún sin acertar a la primera, tantos recuerdos me despierta porque me pone frente a una pantalla en blanco y negro en la que Antonio Mercero nos metía en vena las pautas para vivir bajo los dictados del Movimiento de la forma más humana posible, y humano era aquel enjuto cartero de Crónicas de un pueblo, el mismo espigado Jesús Guzmán que ahora, de pie en el vestíbulo del hotel, violando las leyes lógicas de la naturaleza ofende con sus 83 años de forma que sólo le falta la bicicleta, la gorra, la cartera de cuero y las cartas para el alcalde. Lo hará por la noche, en la inauguración del FesTVal, cuando el público reciba la visita de personas con tanto poder de evocación.
Yo creo que los festivales nacen para que la gente pueda comprobar que los seres que despertaron sueños, ganas de asesinar, desvelos y desasosiego, irritación son reales y se les puede llamar por su nombre, e incluso tienen la obligación de dejar lo que estén haciendo, charlar con amigos, andar por las calles de Vitoria, para atender el requerimiento, una foto, un autógrafo, y el el famoso tiene que dejarlo todo y echar la mano por el hombro a dos personas que no conoce, tiene que detenerse y sonreír, y tiene que ponerse el traje del personaje del que vive y olvidarse de la persona que, coño, es que no me dejan ni comer, me decía José Manuel Parada, ha de alimentarse un poquito.
Bueno, en el caso del papá de Cine de barrio, un muchito. Cómo traga el león. No come, devora. Me ha pasado algo curioso en estos días con este señor. Del mismo modo que su personaje en las tertulias más zafias de la tele me resultaba enervante, abyecto, afectado y prescindible, en el trato cercano, en el tú a tú sin el zarrapastroso oropel de los focos, es decir, mojando la salsa deliciosa con que nos prepararon el rodaballo, manchando el mantel con goterones de vinagre suave de Pedro Ximénez como aliño de tomate, me pareció un señor cabal, educado, cuerdo.
¿Y Javier Castillo? Ya sé, ni idea. Lo digo de otra forma. ¿Y Poty? Poty es un tipo que despierta pasiones, genera buen rollo, no se despega de su iPhone cuando compartimos taxi, recibe una llamada de Anne Igartiburu, y me comenta que la nueva edición de ¡Mira quién baila! va a hacer historia por el nivel del cuerpo de baile, chicos y chicas de una belleza deslumbrante, de infarto, y es tan gráfico hablando de los atributos que al llegar al restaurante, en la puerta, mientras nos saluda el jefe de sala, se echa unos pasos con Pepe Caravias, tan simpático como chiquitillo, que bailando con el gigante Poty los labios de Pepe quedan a la altura de sus tetas, jo, mira lo que te pasaría si estuvieras en el concurso este año, Pepe, con unas chicas de casi dos metros.
El paso fugaz de Carmen Sevilla por Vitoria confirmó mis intuiciones. Esta mujer ya no está para salir de casa. Yo creo que la gente, con apariencia de cariño, es cruel con ella. Sobre el escenario, en apenas tres eternos minutos, soltó barbaridades de mucho calado. Desde las bambalinas, Luis Larrodera, al que veía dando órdenes como director y guionista de la gala, no sabía qué hacer porque la señora la emprendió con no sé qué bendiciones de Dios, y con no sé qué repetidas muletillas sin valor emocional.
Coronando una noche magnífica en la que el público, armado de pitos, acompañó a Fofito cantando El coche de papá, acabó como tenía que acabar, con unas Mamachicho renovadas bajo una lluvia de confetis. Pero la locura estaba por llegar. Vitoria entera se echó a la calle para recibir entre aplausos, carreras, gritos, fotos, incredulidad, sofocos, y estupor por mi parte, a la tropa de Cuéntame, con miradas de respeto hacia Imanol Arias, todo un caballero, y Ana Duato, menos envarada y más fresca que en la serie, pero al que le seguían las chiquillas con arrobo, y no sé si con las braguitas en la mano, era a Carlitos, un Ricardo Gómez que ha crecido en la pantalla y al que, por no vérsele otros pelos, ya despuntan los del bozo.
Cuán cortos se quedan los sofocos, carreras, fotos, aplausos, e incredulidad con la llegada a los cines Guridi del equipo de Sin tetas no hay paraíso, Amaia Salamanca, María Castro, Manolo Carmona, y Juan Alfonso Batista, El Gato. Hasta ellos, tras el estreno de la tercera temporada, cenando en el patio techado y florido del restaurante Andere, un lujo para el paladar, lo celebraban como niños a los que sacan de excursión. Al día siguiente, para el estreno de la nueva temporada de Física o química, digamos que Maxi Iglesias, el Cabano de esa cita de hormonas descabaladas, originó tumultos delirantes. Volveré en esta columna a Vitoria. Pero desde casa. Los colegas que hemos formado parte del jurado para los premios Pasión de críticos hemos vivido en carne propia la locura de pasar por un carril abierto entre vallas sobre una alfombra roja. Y no, la tele es lo que veo en casa. Lo vivido en Vitoria es un triunfo para Joseba Fiestras, Javier Padilla, Edurne Baz, el equipo del festival, y la confirmación de que el poder de este aparato es una fuerza tan vacua como fascinante.