Pocos pero no muchos más de 2.000 días son los que lleva Ana Michavila como jefa de gabinete, confidente, cancerbera, pastora y casi confesora de Francisco Camps. Algo más de seis años desde que fuera aupada al altar del poder tras la victoria de un Partido Popular todavía patroneado por Eduardo Zaplana (A.Q.D.G.M.A.). Desde entonces y hasta hace unos meses, ha coordinado con puño de hierro los movimientos y estrategias del Consell como se esperaba de una profesional estricta, eficaz y con un tremendo sentido de la austeridad para regir su vida y... la de los demás. Sus excesos de rigor no restaron un ápice a la eficacia de esta guardiana de la razón presidencial. Y quien se atrevió a desafiar el (su) orden establecido lo pagó con la expulsión del círculo de poder. Pero saltó el affaire Gurtel y lo desbarató todo.
Las amistades peligrosas del presidente y las ambiciones y vanidades de algunos dirigentes de la filial valenciana del PP facilitaron el estallido de un escándalo imprevisto. Es lo que tiene el poder, el poder absoluto y la permanencia prolongada en el poder de determinados perfiles humanos diseñados artificialmente para servir intereses grupales. En su segundo mandato, cegado por el éxito, Camps optó por descuidar el estilo de ser y estar que le condujo al estrellato político. Olvidó las normas y eligió la petulancia y engreimiento del que se cree realmente «especial».
El desenlace de la historia es conocido. Crisis, juzgados, humillaciones, burlas y sólo una buena jugada, el archivo in extremis de la causa a principios de agosto (el mes de las hurtadillas) salvó al presidente de la catástrofe personal y política, aunque el daño sobre su imagen y el futuro de su carrera ya estaba hecho. También se había roto algo en la otrora idílica relación entre el dirigente y su mujer de confianza. A Michavila le habían desagradado profundamente los nuevos aires del presidente y sus nuevos amigos, pero más lo hicieron las formas empleadas para intentar sofocar el escándalo. La indudable torpeza con la que éste fue conducido, da igual quien fuera el responsable porque todos se sumaron a la farsa, provocó sarpullidos en la moral de la jefa de gabinete.
Ahora, el vendaval ha pasado, al menos aparentemente. Las aguas vuelven a su cauce, la minicrisis de Gobierno ha reordenado jerarquías —los cristianos primero, por favor— y la sociedad se reencuentra con la rutina del día a día, más o menos resignada a esta indigesta crisis económica. Pero ya nada es igual en Presidencia. Michavila ha tirado la toalla. Adiós a las armas, a Camps y a Valencia. Muy pronto, en octubre, se trasladará a Madrid, donde le esperan su futuro y una cálida acogida. El presidente está avisado y ultimados los detalles para que recoja el testigo Henar Molinero, actual subdirectora de Organización de Presidencia de la Generalitat. Molinero, de similar disciplina cristiana que Michavila y casada con Íñigo Parra, director general de Vossloh en España, desempeñaba hasta julio pasado el puesto de subdirectora de Análisis en el Gabinete presidencial, por lo que conoce perfectamente la casa y el oficio. Es licenciada en Derecho por la Universidad Politécnica de Madrid y tiene máster en Organización y Dirección de Empresas y en Protocolo. Un perfil adecuado para la misión que le espera mientras Ana de los 2.000 días, la sombra del presidente, cambia de aires.
En todo caso, los escasos movimientos dictados por Camps en la reciente crisis del Consell han provocado alguna que otra frustración y puede que en las próximas semanas se produzcan nuevas bajas en el organigrama. Individualidades aparte, ahora la cuestión es saber si acertaba González Pons cuando, según los periodistas madrileños, filtró por Madrid que se avecinaba una convocatoria adelantada de elecciones autonómicas, operación cuyos resultados tendría efectos demoledores sobre las endebles posiciones del PSPV. Haría bien el líder de la oposición, Jorge Alarte, en dejar a un lado la política de andar por casa que está realizando desde Blanquerías y volver a la Política, así, con mayúsculas, si es que en esa casa aún recuerdan de qué se trata (da igual que cambie de siglas: la respuesta está en el fondo, no en la forma). Un año después todavía no ha cambiado nada que haga pensar en el PSPV como una alternativa real de gobierno.
El diestro de Pintor Sorolla
El presidente de Bancaja, José Luis Olivas, se somete este invierno a la renovación de su cargo por otro mandato de seis años en lo que más bien parece una cuestión de confianza del presidente Camps hacia su persona. Ya hubo antes del verano algunas voces favorables al asalto de la quinta planta de la reconstruida sede de la entidad. No había motivo aparente, simplemente, una cuestión de poder. Incluso se llegó a poner nombre a uno de los presuntos candidatos, Rafael Aznar, más cercano a la cuerda de Paco Çamps y de quien se destaca su buen trabajo al frente del puerto de Valencia en estos tiempos de crisis también en las mercaderías. Pero ahora, pasado el verano, el proceso parece normalizado y todo indica que Olivas será confirmado en la presidencia del Grupo Bancaja. Se avecinan tiempos difíciles en el sector financiero -aún más, si cabe- y siempre viene bien contar con un tipo correoso al mando del cotarro por lo(s) que pueda(n) venir. Por otro lado, faltaría por demostrar que, así, por la buenas, a este torero le pudiera cortar la coleta cualquier monaguillo, con la de plazas, campos y toros que ha lidiado el diestro de la calle Pintor Sorolla a lo largo de su vida, y más últimamente...