Uno vuelve aquí (que no es un lugar, sino un tiempo), tras las vacaciones, como el gallo de Benifaió: dispuesto a dar al vecindario noticia intempestiva de cualquier amanecer. (Por cierto o glosa: un gallo es un gallo es un gallo, como una rosa es una rosa es una rosa, pero al pobre, a pesar de estar en perfectas condiciones para el ejercicio de sus facultades naturales, le someten a intervenciones quirúrgicas para empeorarlo, es decir, para que no cante. Si un perro es un animal que hace «guau» y un gato es un animal que hace «miau», ¿qué será un gallo que no hace «quiquiriquí»? Cococó, que así se llama el gallo de Benifaió, es, sin embargo, admirable: sigue avisando al vecindario de que un nuevo día apunta en el horizonte. Eso sí, y como no podía ser de otro modo: cuando le sale de la cresta. Está un poco ronco, pero sigue siendo un gallo. Ahora es un gallo ronco).
Lo primero que uno comprueba al regresar es no sólo que la vida sigue, sino que sigue igual; es decir, diciéndolo de otra manera y desde el punto de vista del sujeto: que uno no sabe si no se ha ido o es que quizá todavía no haya vuelto. Parece, treinta días después, que el caso Correa tiene cuerda para rato y que, mientras esperamos que el árbitro pite el final del encuentro, Camps-Del Bosque ha puesto a Iker Casillas de delantero centro, a Xavi Hernández de central y a Villa de portero, es decir, que ha cambiado el gobierno, ¡oh milagro!, sin cambiarlo (un gobierno es un gobierno es un gobierno). Al menos, coincido con el presidente en su decisión de no convocar elecciones anticipadas: con lo empecinados que somos los valencianos, es decir, con los resultados que adelantan las encuestas, podríamos asistir a otro cambio de gobierno en el que nada ni nadie cambiara: la fatalidad de «otro cesto» urdido con los mismos mimbres. La cosa rozaría la tortura. En fin (y otra vez desde el punto de vista del sujeto): si uno no puede exigir que le sorprendan, por lo menos si puede quejarse de que le aburran. ¡Cuánta razón tenía el que dijo que la nada nadea!
En vistas de que el vicepresidente primero, Vicente Rambla, ha asumido su «nueva» ubicación en el «viejo» gobierno con entusiasmo («no tengo una varita mágica para resolver la crisis», dijo en la toma posesiva) y, por si las moscas, he decidido abandonar mi condición de sujeto físico para reconvertirme en sociedad de inversión mobiliaria de capital variable, que no sé muy bien lo que es, aunque tampoco antes supiera exactamente quién era y aquí estoy. Como un gallo ronco de Benifaió, haciendo ejercicios de estí(l)o.