Hace unos días se dio el dato del PIB con una caida del 4,2% interanual, el descenso más impotante desde el año 70. Por otra parte, el déficit se augura que alcanzará el 10%, para los moderados, y hasta el 12%, para los más realistas, lo que significa 6 puntos más que en la crísis de los 90. También el paro apunta hacia el 20% de la población activa.
Total, siento el citar tantas magnitudes, pero los números son los que mejor reflejan la situación, como un oscuro túnel donde no se ve la salida. Ya hay naciones, vecinas nuestras de la Unión Europea, como Francia y Alemanía, que están consiguiendo décimas de crecimiento, 0,2% o 0,3%, e inluso un país como Rusia, no de la UE, pero sí sometido a la crísis mundial, consigue crecer un 0,5%, pese a sus grandes carencias y estar iniciando el difícil camino del turismo basado en la magnificencia de los zares y la mitomanía del ballet y sus grandes teatros. Se atreven contra su clima y la inmensa magnitud de la nación.
Sin embargo, España está en crísis, que no soluciona ni a corto ni a largo plazo —ya nos gustaría incluso a largo— y las medidas de dar cosas o dinero, poco y sin solución de continuidad, son como la cataplasma de la abuelita, alivio puntual, pero no sanan. La verdad es que los economistas optimistas, como yo, creemos que, a pesar de la lentitud de los procesos económicos, una medida certera, rápida y tajante puede darle la vuelta a la situación en corto período de tiempo. Sólo con crear confianza. Pero ahí está la cuestión, casi hamletiana, ¿cuál es la medida?
Con este gobierno que da la impresión de ir a palos de ciego en la cuestión económica —y en algunas otras— no nos parece que se vayan a producir este tipo de soluciones. Ahora bien, hemos llegado al punto dramático del déficit, incrementándose a la par que las deudas públicas, que ya son preocupación europea. Sólo hay dos alternativas principales para frenar el déficit, incrementar los impuestos o disminuir el gasto público. Siempre nos referiremos al gasto público que se produce sin ser un elemento para activar el desarrollo, sino para sobredimensionar la Administración.
Parece que lo del gasto público no es del gusto del gobierno, por su impopularidad, así que como que no. Y como me temía y lo vengo escribiendo hace varios meses, pues se arremete contra los impuestos. Tanto da que sean directos —que mayormente afectarán a clases medias y asalariados— como indirectos, que afectan a todos en el consumo, su aumento va a ser inutil, porque el gran componente de la depresión, que es el consumo en caída libre, es incompatible con más gravámenes. Además, en época de crísis la recaudación va a ser más bien pequeña.
Hay un derrumbe del consumo del 6% en un semestre. Luego también la inercia de la situación crea un síndrome de no consumir, incluso para los que siguen teniendo ingresos. Es la «staycation» o el término de moda que representa la postura de permanecer sin arriesgarse. Es el no ir de vacaciones, aun pudiendo, por lo que pasará, cosa que está ocuriendo este verano.
Luego la solución para no ser de nuevo los desheredados de Europa está en la disminución del gasto público, aunque se lleve votos por delante. Y no olvidar una premisa, el crecimiento español dependía del consumo interno, exceptuando burbujas incontroladas, que a la vez estaba «apalancado» por la deuda. ¿Qué queremos salvar la crisis o salvar el gobierno?