He perdido a muchos destinatarios de mis cartas y llamadas y me entero de que existe otra dirección para borrar de mi agenda: El PSPV. Son mucho más que unas siglas y, como anoche me comentaba un amigo, representó la llama en que prendió esa fe inquebrantable en el proyecto que se plasmó en las realidades que nos sonrieron durante una hermosa etapa de la propia historia durante la que nos clavamos en la mano la espina para que la sociedad percibiera el esplendor de nuestra rosa.
Por usar un término benévolo diré que fueron las circunstancias quienes nos sustrajeron la continuidad en el servicio al pueblo valenciano; no obstó a que ratificásemos posiciones, y reflexionando sobre los propios errores continuásemos siendo la parte integrante de este pueblo nuestro sumergidos en la vorágine de un retroceso que nos obligaba a refugiarnos en nuestras casas socialistas, ahora divididas para propiciar ilegítimos controles, donde permanecía el compañerismo, los debates amables o encendidos, siempre bajo la sombra de un específico hogar que presidía como bandera propia nuestro símbolo.
Nos asombra que siguiendo la táctica del Partido Popular se pretenda excluir a quien ha elegido la lealtad a las causas por encima de la incondicionalidad a las personas que, se supone, debían representarlas; que el trabajo de varias generaciones reciba el trato de un pernicioso recuerdo, como sus símbolos y casas, y nos preguntamos de qué somos culpables, cuál fue nuestro pecado para que se nos elimine de una carrera en la que el último que recogió el testigo pretende ser el único de la prueba y escalar, él solito, a un podio cuya altura no ha medido para saber si es capaz de alcanzarlo.
Los niños de antes son jóvenes entusiastas, los jóvenes de ayer han madurado y los mayores envejecido con la esperanza de que sus legítimos sucesores les relevaran con la dignidad que corresponde a todos los miembros de una familia compuesta por todas las generaciones vivas; y nos apena que los rincones oscuros estén ocupados por cabezas despejadas y ánimos combativos sin más excusa que haber precedido a quienes ejercen su imperio.
Para los acontecimientos importantes se convocaban los congresos en que la voluntad mayoritaria decidía; y, en ningún caso, se pueden sustituir por los acuerdos de las camarillas o los caprichos de quien teniendo tan poco que decir niega a los militantes dos derechos constitucionales por cuyo logro se batieron las anteriores generaciones en activo: El derecho a elegir y ser elegido y la libertad de expresión.
Quien tenga un candidato, que lo vote; pero sin impedir que otros ejerzan su derecho a presentarse a las elecciones. Entre la indiscutible competencia de cualquier compañero exigimos ejercer nuestro derecho de preferencia.
Otros lugares, otras personas, otros símbolos, postergación del sentido nacionalista del pueblo valenciano y renuncia a posiciones contrarias a las hasta ahora sostenidas en un vano intento de atraer unos votos que no los queremos, porque no nos pertenezcan.
Nuestro pueblo es sensato y averiguará por sí mismo quién puede sacarle del caos y empobrecimiento en que otros le han sumido derrochando el capital que acumulamos para ellos. La cuestión está en si saben cómo encontrarlos porque se ha perdido la dirección.
Quizá el tino.